Leyendo, hace ya muchos años, las Vidas Paralelas de Plutarco di con un personaje que ya nunca más se me fue de la cabeza. Quizá porque para mi representa a la perfección el triunfo de la razón sobre los sentimientos. O las emociones como se dice ahora. Se trata de Foción, un arconte de Atenas cuya casa todavía era visitada en el siglo XIX por los escasos viajeros que se dejaban caer por allí, eso sí, todos bastante cultos. Les voy a dar tres apuntes sobre el personaje para que se hagan una idea: puedo presumir, decía, de haber sido el mejor general que ha tenido Atenas porque todos mis soldados han muerto en la cama de viejos; si el pueblo me aplaude es que me estoy equivocando y si me critica es que estoy acertando; si a mi hijo adolescente le da por beber y ser un vivalavirgen se lo mando a los espartanos que, aunque estoy en guerra con ellos, sé qué son austeros y superdisciplinados. Claro que hay que tener en cuenta que Foción había sido un alumno destacado de la Academia. Y es que, unas cosas traen otras. En fin, como sea, que el caso es que en el siglo XX parece que se perdió la memoria de este personaje, derribaron su casa en las faldas de la acrópolis y, hoy día, seguramente habría que buscar con candil un turista entre los millones que pasan por Atenas que preguntado por Foción supiese de que iba el rollo. En estos tiempos que corren, los del motor de explosión, lo de distinguirse por la prudencia no es cosa que cotice ni siquiera entre los alumnos de las Academias... sobre todo si son de periodismo.
Les cuento esto porque tengo la impresión de que en esta tragicocómica etapa política que estamos atravesando las cosas podrían ser mucho, o muchísimo, peor si no estuviese a los mandos de la nave un Foción redivivo. Imagínense la de sangre que hubiese podido correr ya si hubiese hecho un mínimo caso de la famélica legión de los cargados hasta la coronilla de razones poderosas. Cada día en cada periódico, que son muchos, y tertulias televisivas, que son más, le ponen las peras al cuarto con motivo de su supuesta inacción. Pero él sabe que son precisamente esas críticas la prueba fehaciente de sus aciertos. Y, de momento, cualquiera que se pare a pensar llegará a la conclusión de que obras son amores y todo lo demás mandangas. Las empresas se van de Cataluña aprovechando la que pintan calva. Porque lo más probable es que muchas de ellas ya hace tiempo estuviesen deseando irse de donde Dionisos ha impuesto su ley demoledora. Viendo ayer a los dos lideresos del procés sentados en el Parlament uno no podía dejar de pensar que estaban haciendo la muy laboriosa digestión de una sobredosis de carn d´olla. Tenían una pinta fatal, como de ir a darles cualquier cosa en cualquier momento. ¡Como para vender esa imagen en el mundo!
Sí, para mi que Rajoy está haciendo las cosas como se deben hacer y que todos salimos ganando con ello, lo cual no quita para que el coro gallinaceo acabe intoxicando al populacho y que, al final, le decapiten, como le pasó a Foción por otra parte. Es ley de vida que se acabe odiando al que te la salva. Su presencia es la prueba fehaciente de tu irrelevancia, lo cual, evidentemente, es insoportable.
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