Como la gente sabe que todo lo relacionado con los perros me chifla, un gracioso me mandó el otro día un vídeo en el que se ve a una señora toda embutida en pieles menos sus partes sacrosantas convenientemente depiladas, un koyak que le dicen, y que obliga a su marido a disfrazarse de perro si quiere tener sexo. Pero es que además el cuitado no puede meter lo suyo sino que tiene que contentarse con acoplar en los diversos orificios de la susodicha animalista un juguete que remeda a un pene de perro que por cierto es una cosa bastante asquerosa. Y así anda el patio y supongo que por tal es que nuestros políticos parlamentarios vayan a dedicar sendas sesiones a debatir sobre la naturaleza de las mascotas, cabra de la legión incluida, supongo. Bueno, digo debatir por decir algo porque en que no son cosas están todos de acuerdo, incluidos los nacionalistas, lo que ya es decir. Por eso el misterio ahora consiste en saber qué condición les van a dar. Y yo me temo lo peor por aquello de que para esa gente tira más un voto que soga de marinero o pelo de coño.
Uno más de la familia dice la gente orgullosa señalando a su perro. Y le llevan al peluquero y consideran que son los cuarenta o sesenta euros mejor gastados de su vida. Y van con ellos por la calle llenándolo todo de lo que sin duda consideran que son imundicias divinas. Y yo, que soy un desgraciado sin perro que me quiera, me debería alegrar cada vez que piso una de ellas porque sabido es que da suerte. Bueno, en realidad nada nuevo bajo el sol que ya los egipcios de cuando Tutankamón consideraban sagrados a los escarabajos y te podían matar por pisar uno, aunque fuese por descuido.
Y ya, si quieren rizar el rizo, acuérdense de aquella película que quería ser una especie de hagiografía de his Holiness the 14th Dalai Lama. Pues bien, a His Holiness se le ocurió que sería bueno que sus seminaristas viesen cine americano. Y a tal efecto mandó construir una nave a guisa de cine. Pero, ¡ay hijo!, había para ello que remover la tierra y con ello provocar la muerte potencial de unos cuantos gusanitos. ¡Intolerable contradicción, hermano! Y así fue que cientos de monjes estuvieron meses removiendo la tierra con sus manos para evitar la menor posibilidad de gusanicidio. Claro, que a cien metros de allí hubiese miles de tibetanos muriéndose de hambre, pelillos a la mar. A His Holines se la bufaba. Y al occidente ahíto también y por eso odiaban a los chinos que querían hacer comer a los tibetanos a la fuerza. Ya saben, los budistas, esa gente tan santa que tanto tiene que enseñar sobre una única identidad para todo lo que vive. Y si no lo creen pregúntenselo a los rohingyas de Birmania que están estos días disfrutando del amor infinito hacia lo vivo de sus compatriotas budistas.
Y hoy, portada de todos los periódicos, que un adolescente tira al gato por la ventana, lo filma y lo sube a la red. A Dios gracias ya está detenido y puesto a disposición de la justicia. ¡Anda qué no!
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