viernes, 1 de diciembre de 2017

Patria querida

Recuerdo que era una tarde de invierno, próxima la Navidad ya, cuando paseando por una calle adyacente a la catedral de Barcelona tuve una de esas percepciones de la perfección que dejan en el espíritu una huella indeleble. Y fue que un ciego estaba tocando al acordeón Asturias de Albéniz. Esa pieza sin aparentes dificultades técnicas tiene sin embargo algo que la hace endemoniadamente difícil de interpretar. Por lo menos para mí. Haga lo que haga, e insista lo que insista, me sale de una monotonía astragante. Y lo mismo siento la mayoría de las veces que se la escucho a los más variados interpretes. 

En realidad hace ya mucho que caí en la cuenta de que lo aparentemente fácil es lo más difícil. Y, además, de que es precisamente ahí en donde reside una de las grandes trampas de la vida. Porque con lo difícil, si se le aplica tesón, no se requieren grandes dotes para alcanzar la excelencia. Pero, con lo fácil, ¡ay!, olvídate del tesón: ahí la excelencia sólo puede venir de la mano del genio... cosa, que por otra parte, la naturaleza prodiga con cuentagotas. 

Así y todo, sin que la ilusión me ciegue, y por una especie de tozudez congénita más que nada, me puse otra vez con lo de Asturias por ver si con todos los tutoriales que me acabo de tragar en youtube consigo desentrañarle los intringulis a ese desaforado subir y bajar -por eso se llamará Asturias, supongo-. Porque hay que reconocer que, si no otra cosa, es por lo menos un ejercicio de lo más estimulante. 

En fin, miro por la ventana y veo que nieva. ¡Ya era hora!        

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