Cuando empecé a ejercer la medicina se hablaba como de cosa de marcianos que en los hospitales americanos siempre había abogados en la puerta alentando a los pacientes que salían a poner querellas a los médicos. Una sistemática infalible ya que por la propia naturaleza de las cosas es inevitable que un determinado porcentaje de tratamientos no funcionen con la consiguiente frustración y mala disposición hacia el médico del paciente. Pocos años después, estábamos aquí en las mismas y, salvo dejados como yo, todos los médicos contrataban un seguro en previsión de sentencias condenatorias. Porque, qué duda cabe que hay malas prácticas, pero no suele ser sencillo determinar si son por negligencia o por error involuntario y ahí es en donde suele ser definitivo la presión mediática sobre el juez que lleva el caso. En resumidas cuentas, que la justicia ciega puede amargar la vida a un justo a nada que tenga el día un poco sentimental. Y así fue que, para curarse en salud, los médicos acabaron por hacer firmar papeles autoinculpatorios a los pacientes para cualquier prueba de tres al cuarto. El otro día la dermatóloga me hizo firmar antes de aplicarme el nitrógeno líquido en una queratosis seborréica. ¡Cómico!
Y así la Justicia ha ido expandiendo sus tentáculos como una mancha de aceite. Pocas actividades humanas se salvan de su ojo escrutador. Ni siquiera en lo que hasta anteayer se consideraba el territorio sagrado de la intimidad. Ahora es como si sobre cada tálamo estuviese Temis vigilando a ver si se hacen las cosas como es debido. Y amárrate los machos como no la satisfagas. Porque no deja pasar una. Así que no es de extrañar que los vampiros salgan ahora por la noche con el formulario en el bolsillo para hacérselo firmar a la víctima antes de cualquier clavada de colmillos. Como lo de la queratosis seborréica en definitiva. Una salvaguarda contra las arbitrariedades de Temis.
Ayer mismo estuvieron todo el día las televisiones británicas relatando a modo de recordatorio conminativo que un poderoso caballero que había salido de caza nocturna sin los preceptivos formularios en el bolsillo había muerto en la trena cansado de esperar la redención. Así que ya ven, de un plumazo se han cargado el principal incentivo para acumular poder: si ya no se va a poder agarrar a las mujeres por el coño, como dice Trump, mejor tirarse a la bartola que matarse a trabajar para fundar un imperio. ¡Por Dios bendito, qué vida más triste nos espera!
Ayer, mi hija, que como trabaja en la City se entera de muchas cosas, me informaba sobre la palabra de moda en el mundillo de los negocios: compliance. Nada que ver con aquella compliance -distensibilidad pulmonar- que yo medía colocando un balón en el esófago conectado a un transductor de presión. La compliance de ahora es conformidad con la ley. O sea, que si tú montas una empresa y no quieres acabar de mala manera lo primero que tienes que hacer es implementar un departamento de compliance que te asegure que hasta la más mínima decisión que tomas se ajusta como un guante a la ley vigente. Imagínense lo que va a ser un mundo sin chanchullos. Ni clientelismos, ni nepotismos, ni sobornos, ni na de na. Ya me dirán, así, para qué vamos a querer una Junta en Andalucía o una Generalidad en Cataluña. La política ajustada a la ley no necesita políticos para nada. Necesita simplemente un potente ordenador.
Resumiendo: hágase la Ley y abúrrase el mundo.
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