domingo, 31 de diciembre de 2017

El agujero existencial

Me dijo Fede con esa forma de persuasión vehemente que le caracteriza que siguiese escribiendo mis crónicas del desasosiego. Por su parte, Santi, desde el lejano Tokay, me dice como con melancolía que, desde que dejé de escribir aquí, apenas sabe ya de mí, porque es que la desidia hace a veces que nuestra correspondencia se demore más de la cuenta. Y, luego, yo, que he devenido en yonky de esta actividad cotidiana sin la cual, he podido darme cuenta estos días, el agujero existencial adquiere proporciones francamente desagradables. Así que voy a desdecirme y de paso retomar la adicción con la que, pienso, mejor relleno ese maldito agujero del que nadie escapa y yo el primero. 

Porque esa y no otra es la gran cuesta que tenemos que subir cada día para poder llegar a la cima en armonía con Morfeo. Porque si el agujero sigue vacío cuando el día se agota no hay manera de conciliar el sueño de los justos, es decir, el que repara. 

Y es que ese es, a mi nada modesto juicio, el gran engaño de la vida, pensar que se puede llenar el agujero yendo cuesta abajo y, además, de culo y sin frenos. Confundiendo siempre la justificada necesidad con el despreciable deseo. El complaciente eufemismo con la dolorosa realidad. 

Y así sigue la vida, pensando que vamos acertados y sintiendo que el águila sigue escavando cada día en nuestros hígados. Y ese es todo el misterio de nuestra prometéica condición, que sólo la sabiduría de Atenea puede convertir en diamante la roca del Caucaso a la que estamos encadenados por habernos creído más listos que los dioses. En fin, feliz cotillón y próspero Merimé. 

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