Les voy a hacer una confesión antievangélica, es decir, que quiero que mi mano derecha se entere de lo que ha hecho la izquierda o viceversa. Y el asunto en cuestión es que he terminado/empezado el año haciendo una donación de 50 € a la Khan Academy. Siempre que acuden a mí demandando ayuda suelto la pasta por aquello de no sentirme miserable. Es sencillo de entender: llevo años sirviéndome de sus vídeos pedagógicos para tratar de afinar en lo posible mi juicio. Que no otra cosa es aprender.
Cada uno tiene su religión y yo, por no ser menos, tengo la mía que no es otra que la del conocimiento como única fuerza redentora de la humanidad. Y por eso es que después de haber pasado un rato estudiando lo que sea tengo que reprimir ese sentimiento nefasto de superioridad moral que alienta cualquier tipo de ritual religioso. Pero, ¡ay!, no por reprimirme dejo de pensar lo mucho mejor que sería el mundo si todo ese tiempo que los cristianos pasan adorando el madero o los musulmanes tirando pedos en las mezquitas, lo dedicasen a ver videos de la Khan o similares en sus casas.
Y eso es todo: conocer es lo que nos constituye como individuos singulares. Cada uno es lo que conoce y lo demás son pretensiones de hortera amontonado. Espero no apearme de esta convicción, por más que no ignore que también el demonio la comparte.
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