En mi somero repaso cotidiano de las cabeceras digitales me he detenido hoy en dos noticias que ciertamente están bastante relacionadas por más que a primera vista cueste encontrarlas la ligazón. La primera se trata de la entrevista a una señora de profesión psicóloga o cosa por el estilo que reflexiona sobre lo difícil que es eso de conocerse a uno mismo. La segunda es un reportaje sobre una tendencia al parecer bastante en boga que preconiza no tener hijos. El antinatalismo le dicen.
El nexo que une ambas informaciones viene dado por la diferencia de edad de una y otros entrevistados. La señora que ve difícil lo de conocerse a uno mismo es entrada en años, mientras que los convencidos antinatalistas son todos jóvenes. Para simplificar, la incertidumbre de la vejez frente a las ideas claras de la juventud.
En cualquier caso son cosas que le ponen a uno ante el espejo sin por ello sentirse violentado. Uno se sabe a estas alturas completamente desorientado en prácticamente todo lo de enjundia y, también, acepta haber sido un perfecto cabeza de chorlito a lo largo de toda la vida. Quiero decir con ello que los grandes asunto de la vida, y tener descendencia sobre todo lo demás, no fue algo que hiciese como producto de una programación elaborada, ni mucho menos, no, fue algo que vino como caído del cielo. Por así decirlo, la inconsciencia fue, y supongo que sigue siendo, mi dueña y señora para todo lo que le haya gustado mandar. Y nunca hice sino elaborar teorías que me sirviesen de coartada para ocultarme a mi mismo la sumisión que le guardaba.
Porque vamos a ver, yo, como dice Louis CK, quiero tanto a mis hijas que daría la vida por ellas, pero ¿de verdad tuve el deseo de tenerlas? Creo recordar que no. Y también que no me hizo la menor gracia enterarme de que iba a ser padre. Yo en aquella época de descerebramiento total lo único que quería era disfrutar de la vida y fornicar a troche y moche era parte esencial de esa pretensión. Para mi, la impresión del momento era que aquel dulçe farniente se podría extender ad infinitum sin que por ello yo fuese a echar para nada en falta el reproducirme.
Lo que no puedo saber ahora es hasta qué punto juega un papel la inconsciencia en esos jóvenes antinatalistas que corren a esterilizarse para apuntalar sus convicciones. Sería interesante saber cómo habrán de interpretar tal decisión radical cuando la acumulación de experiencia les brinde la oportunidad de ser más reflexivos. En fin, el ser humano, una incógnita con tantas variables que, seguramente, tan iluso es lo de la vieja que pretende conocerse a sí misma que lo de las ideas claras de los antinatalistas. Somos como hojas mecidas por el viento.
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