sábado, 6 de enero de 2018

Intercourse

A lo largo del pasado año tuve en varias ocasiones la paciencia, y hasta el placer, de escuchar a Antonio Escohotado hablando de su último libro "Los enemigos del comercio". La verdad es que a estas alturas de la vida a uno ya no le pillan por sorpresa si no es cuando le explican algún raro teorema matemático o una variación armónica intrincada. Pero para convencerme de que los enemigos del comercio arrancan del viejo cristianismo derivado luego al virulento marxismo no le había hecho falta a Antonio escribir cuatro mil páginas. 

Cristianismo y su derivada, o tangente en un punto, el marxismo, no son más que el infierno empedrado de buenas intenciones. O el letal amor cósmico de la adolescencia, para ser más exactos. Todo es de todos y nadie es más que nadie. Nihilismo en estado puro: el camino más directo a la extinción de la especie humana. 
  
Y no por otra razón es que esas dos ideologías sucesivas  hayan escogido el comercio como su enemigo más encarnizado. Porque el comercio es la representación más gozosa de la vida. Intercambiar las diferencias. Intercourse, como dicen los anglosajones lo mismo para el coito que para el comercio.  

Y así es que, con esos mimbres, se ha fabricado un cesto en el que cabe todo. Porque todo sirve para el mercado. Hermes, su dios artero, en vez de eliminar a los vencidos, ha hecho lo que todo buen general, convertirlos en bufones a su servicio: lo mismo el Niño Jesús, que los Reyes Magos, que el Cachorro de Triana, por no hablar del mausoleo de Lenin, no son hoy día otra cosa que una excusa para intensificar el mercadeo. Y fun, fun, yo me remendaba, yo me remendé, y la vida fluye a toda mecha. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario