lunes, 22 de enero de 2018

Torre Marte


Ayer fuimos hasta Astudillo en coche dando unos cuantos rodeos para explorar el territorio. Como es zona de Cerrato nunca paras de subir a cerros y bajar a valles. Son diferencias de altitud de unos cien metros, lo suficiente para que sea un matadero si vas en bicicleta. Pero no fue por eso sino por el viento que ayer escogiésemos el coche. De haber ido en bicicleta la vuelta hubiese sido tormentosa porque soplaba del oeste. Por cierto que siempre que me veo luchando contra el gaseoso elemento me convierto en Franz de Copenhague y no puedo parar de imaginar dispositivos acoplables a la bicicleta para poder orzar que, como saben, es el método marinero para poner a favor lo que tienes en contra. 

El caso es que durante el trayecto la bruma se levantó y dejó al descubierto un territorio esplendoroso que justo ahora empieza a verdear. Si las cosas no se tuercen me dijo el otro día un agricultor tendremos una buena cosecha, aunque aquí, ya se sabe, hasta que no ves a la cosechadora en acción no puedes cantar victoria. Hay que nacer para esto, pensé, porque de lo contrario se te llevarían los demonios cada vez que el cielo te niega su imprescindible colaboración. Y eso que alucinas hasta que lugares se han extendido los sistemas de riego. 

En Astudillo, la Plaza Mayor, como cada domingo soleado a mediodía, era una celebración de la vida. Difícilmente se podrá encontrar lugar en el mundo en el que la armonía entre generaciones suene tan pura. En el Café Central abarrotado, los bebés jugaban entre las piernas de los adultos que consumían verdejos y encurtidos. Y no había exceso sonoro a pesar de lo bajo de los techos. La gente de estos pueblos no es dionisíaca ni cuando bebe; a la hora del vermut mantienen la circunspección de la misa en la que acaban de participar justo allí al lado. Tiempo habrá después, cuando Perséfone esté a punto de despedirse para volver al Hades, para unos ritos eleusinos como Ceres manda. Entonces sí, se sacará a Priapo en procesión y que sea lo que los dioses quieran.

Como los encurtidos nos supieron a poco, pasamos al bar Ideal que está cabe la Plaza. En la Gran Vía madrileña quisieran un local con esas dimensiones y categoría. Con tortilla de patatas y rabas cogimos fuerzas allí para caminar hasta el Cristo de Torre Marte.  Evidentemente, de lejos le viene el garbanzo al pico a ese Cristo. Saliendo del pueblo entre el colosal seminario salesiano por un lado y el monasterio de Las Claras y el palacio de Don Pedro por el otro, tomas una carretera a poniente que te lleva al pie del promontorio en cuya cima se alza el complejo de Torre Marte. Una vez arriba no hay que pensar mucho para saber por qué tiene ese nombre. Desde allí se dominan los valles al norte y al sur y, sobre todo, la gran plana a levante en cuyo confín, justo al pie del próximo cerro, se alza el caserío. Fue el dios Marte sin duda el que escogió ese promontorio como lugar idóneo para ejercer sus funciones de mariscal de campo. Y ya, pacificado el territorio, de Marte a Cristo, un paso. Porque todo sirve para el convento. Y para las romerías, desde luego, que tienen acondicionado aquello que es una gloria. Bueno, anduvimos por allí un rato y aprovechamos para hablar con dos jóvenes que estaban volando drones. Total que, de Marte a los drones pasando por el Cristo. Parece que todo cambia, pero el afán humano de subir al promontorio para abarcar horizontes sigue incólume. 

Y con las mismas, vuelta para casa, no sin antes haber descabezado un sueñecillo en una adecuación de la carretera que sirve de reparo a los romeros del Cristo. 

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