lunes, 8 de enero de 2018

Obstinación

Estoy revisitando estos días los capítulos de Doctor en Alaska que tengo guardados en el disco duro. No son muchos pero me bastan para reconciliarme conmigo mismo. Con ellos me pasa igual que cuando no puedo más y decido agarrar y ponerme a leer El Quijote. Son mis dos obras de arte preferidas porque por más que insista en ellas nunca dejan de sorprenderme con nuevos matices de la realidad que en anteriores visitas habían escapado a mi ya de por sí aguda mirada... que es lo que tiene haber nacido tan inteligente para unas cosas y tan tonto para otras. Porque es que me sé la lección de memoria, pero, luego, cuando me pongo a recitarla, no doy una en el clavo.

El caso es que en donde a mí me gustaría vivir es en Cicely, un lugar donde la raquítica densidad demográfica y las condiciones climáticas extremas obligan a sus habitantes a olvidarse de las pequeñas preferencias y a tirar derecho hacia delante. Es como un retorno a la edad dorada: el precio de las cosas se ajusta a su valor y no hay más verdad que la que confirman los hechos. Una quimera que ha marcado mi destino. Siempre tras ella, nunca he conseguido sosegar. A veces me parecía haberla alcanzado y bastaban cuatro días para desilusionarme y volver a las andadas. Porque lo que no existe es imposible encontrarlo. Tan sencillo de saber y tan difícil de aceptar. 

Así que sólo me queda el consuelo de agarrar mi Rocinante y salir a los caminos en busca de entuertos que desfacer. Y el único que encuentro es mi propio cansancio que desfago en la posada de turno a golpe de pincho de tortilla o en cualquier lugar ameno descabezando un sueñecillo. 

Y así se fue la vida y se irá la que queda porque nada obstina tanto como perseguir quimeras. 

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