sábado, 27 de enero de 2018

Divertir

Divertir es una palabra curiosa. En principio tendemos a asociarla con el entretenimiento digamos que gozoso o recreativo. Pero, a mayor profundidad nos encontramos con su más real, seguramente por etimológico, significado que no es otro que apartar, desviar, alejar. Pero no siempre que nos apartamos, desviamos, alejamos de algo nos divertimos en el sentido primero que aplicamos al término, sino que muchas veces nos supone sufrimiento. Así que cuando usamos la palabra divertirse le añadimos de forma tácita de las preocupaciones o sufrimientos o, si quieren una forma más difusa de decirlo, del puto aburrimiento.

Así, en habiendo llegado a este estadio del desarrollo en el que casi todo lo tenemos resuelto por nuestra cara bonita se me antoja que el hasta hace poco sencillo asunto de la diversión se ha convertido en una hazaña de titanes. Y por tal, de nuevo, tenemos a Prometeo ante los ojos. Queramos o no nos reflejamos en él y tenemos que aceptar que de poco sirve robar fuego a los dioses si luego no te matas a estudiar para encontrar la manera de que ese fuego no te queme. 

Al final esa es la gran trampa del mundo, creerse que es posible divertirse saliendo a la calle a husmear ojetes o a tomar un avión para Pernambuco o a olisquear los secretos de la cocina fusión. Inútil del todo. Regresas del recorrido y allí sigues encadenado a la roca soportando al águila que te roe los hígados. Y en eso consiste la decadencia, en las gigantescas proporciones que ha adquirido la multinacional de la diversión equivocada. 

Y en esas está el mundo, en, por un lado, las masas ingentes de desgraciados que corren de la mano de Dionisos hacia el abismo de la desesperación y, por otro, esas minorías esclarecidas que de la mano de Atenea tratan de convertir la roca en diamante para ahuyentar al águila.  

Y yo, ¿de que lado me decanto? Porque en eso consiste todo: en atreverse a escoger lo difícil para tenerlo fácil.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario