Me gusta lo de la estética como única ética posible. Y aquí habría tela para cortar hasta que nos diesen las dos y las tres como canta Noséquién. Pero en ocasiones me desazona la lengua en la que pienso y me expreso porque me parece que no es eficaz para aclarar las ideas. No creer en nada. Ni ser nadie. No y nada. Ni y nadie. Dos negaciones seguidas, en lógica matemática, darían un afirmación. Por lo tanto podría ser que alguien entendiese con razón justamente lo contrario de lo que a mi docto entender el autor ha querido decir: creer en todo y ser alguien. Que me lo aclaren.
Anyway, no creer en nada también quiere decir que se entroniza a la razón como madre de todo pensamiento. Es vaciar las iglesias y llenar las universidades. Es pasar el testigo del Vaticano al CERN. Algo imparable por más que los palos en las ruedas surjan como los hongos desde todas las conciencias pequeñas. Hoy día, cualquiera que no sea un chusma, sabe que para gobernar el Estado de Derecho lo mejor es que lo haga un Abogado del Estado o similares. Luego, los políticos, esa gente que sobresale por su empatía con el pueblo, que queden para organizar las fiestas en honor del Santo Patrón que también tiene su importancia.
Ni ser nadie. ¡Tremenda constatación! Corre, o vuela, hacia "El Libro del Desasosiego" de Pessoa y entérate un poco de lo que eres. Fuera de tu fuero interno más bien poco. Por no decir nada. Así que mejor que te reconcilies contigo mismo, si puedes, y te dediques a vivir sin dar la vara a los demás. Bueno, quizás necesites calzarte una botella de vino con la comida, pero eso, pelillos a la mar.
En fin, Mayo del 68, aquella revolución que nos tocó hacer a los de mi generación. La entronización definitiva de la incertidumbre frente a las asechanzas de la superstición. Bien es verdad que el apuntalamiento de semejante convencimiento socrático -solo sé que ni sé nada ni soy nadie- nos vino dado desde los templos de la ciencia: si el baby no hubiese nacido en Alamo Gordo o unos tal Miramontes y Pincus no hubiesen dado con los esteroides lo más probable es que los de mi generación hubiesemos continuado peregrinando a Lourdes.
Por lo demás, la ética y la estética, sí, por aquellos sesenta ya tenía más de medio siglo de vida el "Ornamento y Delito" de Adolf Loos. Así que, al respecto, ya estaba casi todo dicho.
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