viernes, 19 de enero de 2018

Románico palentino

 Si uno va por ahí en plan románico palentino y se fija un poco verá que por todos los lados hay canecillos con figuras eróticas. Pollas, vaginas, mujeres en plan ponte bien y estate quieta... todo lo que el tiempo no ha sido capaz de borrar. Porque lo que debió haber por aquel entonces no es ni para contado. Oía el otro día a un historiador que anda investigando por la zona de Aguilar que allá por la Alta Edad Media los curas ejecutaban verdaderas performances pornograficas en los púlpitos con la finalidad de atraer clientela. Así que, que nadie se escandalice porque estamos en donde estábamos y me apuesto el cuello a que donde estaremos si D. no cambia de idea, que no creo. 

El otro día, sin ir más lejos, en Hawái, a un funcionario tipo Homer Simpson se le cayó la mayonesa de la hamburguesa encima del botón inadecuado y saltaron las alarmas por ataque nuclear. ¿Y saben lo que pasó entonces? Pues lo más lógico y natural, que la gente se puso como loca a ver porno. Si hay que morir, debió de pensar la gente, hagámoslo con las botas puestas. 

Y luego, este gran Presidente que nos ha tocado en suerte, que ya era hora de tener a alguien que merezca la pena, que van los puritanos y le quieren hundir porque un día se acostó con una estrella porno. ¡Fantástica chica!, ha dicho el Presidente. Y ha añadido: "Nos tenemos que volver a ver". Y como por ensalmo, en vez de hundirle lo que ha pasado es que se ha disparado su popularidad. Porque a lo que se ve, el porno, más que nada, suscita una sana envidia tendente a la admiración. ¡Quién pudiera!

Y, por cierto, que no se hagan ustedes los estrechos, porque estoy seguro que saben tan bien como yo que el español más conocido en el mundo en estos momentos es un chavalin de Ciudad Real de sobrenombre El Niño Polla. Por azares de la vida entró en la industria del porno y hoy, a sus veintipocos, no es que esté forrado como Bezos, pero se le aproxima. Tiene algo que le proporciona una gracia especial con la que todo el mundo se identifica. 

Así es que, el otro día se lamentaban dulcemente -como Salicio y Nemoroso- dos esposas de futbolistas, ¡imagínense sus hechuras!, de que sus esposos preferían darle al manubrio en solitario, eso sí, mientras contemplaban porno. Nada de complicaciones, en definitiva. Porque como decía un médico de Mieres que conocí cuando trabajaba en el Instituto de Silicosis, satisfacer a la mujer es más penoso que bajar a la mina a picar carbón. 

Y luego las señoras, que tampoco son mancas. ¿A quoi bon soportar halitosis y demás exhalaciones masculinas teniendo a mano unos kits a pilas que saben el punto exacto en el que hay que insistir? No, tío, para cuando esté borracha, vale, pero para lo cotidiano me las arreglo yo solita divinamente. 

Y esto, no se hagan ilusiones porque no tiene vuelta atrás. Porque es la realidad más candente apenas oculta tras un tenue velo de discreción... que para nada hay que confundir con hipocresía, porque para que así fuese, el porno tendría que ser un vicio rindiéndole homenaje a la castidad. Y nada más lejos.  

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