viernes, 5 de enero de 2018

Capón de Cascajares

Lo que fue, ya pasó. Lo que tenga que ser, será. Y al final, como dice el cómico Mota, nada es para tanto. O todo es nada, como asegura el poeta Hierro. Así, si uno se deja impresionar, se pasa la vida subiendo montañas que, en realidad, son granos de arena. Y, si uno se descuida, el grano de arena se te puede meter entre párpado y esclerótica y hacerte la vida un tormento. 

Leo hoy un titular que dice que no puedes separar la belleza de la naturaleza de su crueldad y violencia. Pues sí, así es, que diría Ángel el Proscrito. Qué sería, si no, de la fascinación que produce en sus miles de millones de admiradores esos documentales de animales en los no hay más argumento que el comerse el más fuerte y hábil al más débil y tonto. Una evidencia que el personal nunca se cansa de constatar con la misma delectación que cuando se tira un pedo, que también es una cosa natural donde las haya, por más que el tabú le haya robado la belleza... salvo en el caso de el catalán Josep Puyol, conocido como el Petomano, que era capaz de tocar La Traviata con semejante recurso biológico. 

Una evidencia de la que no parece que queramos ser parte  por aquello de lo tranquilizador que resulta creer en el Niño Jesús con su capón de Cascajares y todo eso. La inocencia se resiste a sucumbir. Basta para ello alquilar a una buena causa la conciencia de sí mismo. Autoexcluirse de entre los depredadores en definitiva.  Y a vivir que son dos días con la única preocupación de esperar a que te digan lo que tienes que comprar para no sentirte bicho raro. ¿Fácil, no?

Pero, bueno, ojo al parche, porque la exclusión de lo literal no excluye lo metafórico. Y hay muchas formas de comernos entre nosotros, más sofisticadas que las del Serengueti desde luego, pero no menos letales. Por eso conviene estudiar, para endurecerse y ser menos apetecible. Cuestión de naturaleza, of course, con su belleza y violencia.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario