El editor francés por antonomasia, Antoine Gallimard, ha decidido, por prudencia, no publicar unos textos inéditos de Céline en los que, al parecer, se dedica con entusiasmo a darle a la matraca antijudía. Sabido es que este autor, por lo demás absolutamente recomendable, fue colaboracionista con los nazis y antijudío hasta las cachas. Algo que, por cierto, nos alerta, o debiera alertar, sobre la inasible complejidad de la psicología humana. ¿Cómo es posible que una cabeza capaz de escribir la absoluta obra de arte que es "Viaje al fin de la noche" sea la misma que se obstina en echar la culpa de todos los males del mundo a los judíos? ¡Que venga Dios y me lo explique!
La sabiduría popular, o sea, la que más debemos mirar con lupa antes de definirnos sobre ella, asegura que lo que pasa es que el inconsciente colectivo achaca a los judíos la muerte del Cristo. Ya saben, el que vino a redimirnos de nosotros mismos utilizando como palanca de tan prodigiosa transformación, casi genética, la incitación a la pobreza de espíritu. Es decir, bienaventurados los que tal y cual. Al pueblo llano, claro está, esas incitaciones le suenan a música celestial. Todo el día de excursión por el campo, que después viene Vicente, el que da de comer a más gente, y hace una de sus paellas gigantes. Y después a bailar hasta bien entrada la madrugada.
Parece de chiste, pero no lo es en absoluto. Ya, me es imposible recordar las veces que he tenido que escuchar de boca de gente, que por lo demás parecía sensata, que lo que hace Israel con los palestinos es un genocidio. Para el mundo en general, esa es una historia de buenos y malos sin que quepan los matices. Verdugos por un lado y víctimas por el otro, y sanseacabó. ¿De qué lado me voy a poner yo, entonces, que soy asiduo a las paellas de Vicente?
Siempre he soñado con encontrar en algún sitio una explicación fundada a esa aversión casi universal hacia lo judío. En el "Juan de Mairena" de Machado hay unas cuantas alusiones al tema que parecen más que nada pecar de adhesión al tópico del momento. Alguien que escribiese esas mismas cosas hoy día sería inmediatamente fulminado por la corrección en boga. Quizá si hubiese leido los famosos "Cuadernos Negros" de Heidegger hubiera podido encontrar lo que ando buscando. Pero me temo que no, porque la madre de este cordero me parece que tiene más de irracional que de otra cosa. A veces, pensando por mi cuenta, creo dar en la clave: lo insoportable de esta gente es el marchamo de superioridad espiritual que les otorga ser "el pueblo del libro". O sea, su patria, como han demostrado hasta la saciedad es el conocimiento. Y así ha sido que han colaborado como nadie a imprimir esta velocidad desbocada a la evolución del mundo. Velocidad que, por cierto, deja descolocada a la inmensa mayoría de los mortales que, como es lógico, sólo pueden hallar consuelo en la identificación del culpable de sus desvelos. Y a tal efecto, el pueblo judío les viene como de molde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario