martes, 9 de enero de 2018

Teogonias

Lo de las religiones ya sabemos que es la manera que se han inventado los humanos desde la noche de los tiempos para dar respuesta a preguntas que no la tienen. Si lo racional no funciona se inventa lo mágico. Es una perfecta macanada, pero funciona a las mil maravillas para la inmensa mayoría. Y ahí es donde, a mi juicio, reside el gran problema: que cómo lo mágico funciona para qué vamos a esforzarnos en afinar la razón. ¡Con lo que cuesta eso!

Las preguntas sin respuesta son lo que se conoce como las grandes cuestiones. Sin duda el origen del universo es la primera entre todas ellas y pese a quien pese, los físicos del CERN incluidos, el que más sabe sobre el tema sabe exactamente lo mismo que el pastor más ignorante de la Siberia extremeña, como le gusta recordar a Savater. La segunda en importancia, teórica diría yo, porque en la práctica es la primera, es la cuestión del libre albedrío. ¿Hasta qué punto somos dueños de nuestras decisiones? Nuestro carácter viene determinado por los genes y no tenemos ni idea en qué medida la educación puede influir para modificarlo. Ayer les contaba lo de mi obstinación por perseguir quimeras que me ha tenido toda la vida de aquí para allá sin que al parecer mi confortable presente sirva para sosegarme al respecto. El día menos pensado vuelvo a empacar y que sea lo que D. quiera. 

Quienes me conocen saben que el mayor hallazgo psico-socio-filosófico-armamentístico de mi vida lo hice leyendo La Crónica del desasosiego de Pessoa. Viene a ser que si por lo que sea sientes necesidad de cambiar el mundo la mejor manera de conseguirlo es empezar por cambiarte a ti mismo, lo cual será una tarea tan ardua que te llevará toda la vida. Y el caso es que estando como estoy al cien por cien de acuerdo con eso me siento totalmente impotente para ponerlo en práctica. Me miro en el espejo y veo a Chiquito de la Calzada lanzando su más lastimera proclama: ¡no puedo!, ¡no puedo!

Sí, desde luego, algo he progresado, golpes de la vida mediante, porque ahora empiezo a ser consciente de mi impotencia. Y también comprendo por qué quería cambiar el mundo cuando no sabía de mi impotencia. Lo cual, sin duda, me ha llevado a entender mejor las extrañas actitudes, a veces letales, que exhiben mis congéneres. Y, también, a la aceptación de lo que es más duro para el alma cándida, que el mundo tiene que ser injusto para sobrevivir, porque no importa que el que hizo el mal lo hiciese impulsado por una fuerza telúrica que en absoluto podía controlar: nuestra obligación es tratarle como si lo hubiese hecho con plena conciencia y dominio de sus actos. Es tremendo que tengamos que ser así, pero mucho peor sería dejar que la bestia campase por sus respetos y nos fuésemos todos al garete.

Así que hasta que la ciencia no dé con los procedimientos para reparar los genes que impulsan actitudes antisociales no nos va a quedar más remedio que seguir creyendo, como hacen las religiones a pies juntillas, en el libre albedrío. Para lo del origen del universo, sin embargo, no creo que vaya a haber nunca ciencia que valga, así que a seguir disfrutando con las diversas teogonias, o génesis, que suelen tener mucho tajo simbólico por desentrañar. 

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