miércoles, 10 de enero de 2018

Criptorrealidad

Si uno se enchusmatiza, o sea, se apunta a lo que se lleva, se habrá pasado estos días horas y horas leyendo, escuchando y hablando, acerca de unos pobres desgraciados, o mejor cretinos, que se vieron atrapados en un temporal de nieve. ¡Anda que no habrá sido porque no estaba anunciado hasta la saciedad por todos los medios marítimos, terrestres y aéreos! Pero así es la cotidianidad de quién se entrega al dolche farniente de lo trillado, una especie de amasamiento de moco entre medio, índice y pulgar, que entretiene a la vez que idiotiza. En definitiva, una forma como otra cualquiera de proporcionar estabilidad emocional a las masas por medio del cultivo de la ignorancia de lo que se cuece en los pucheros de la evolución. 

La evolución de la realidad presente hacia otras más sofisticadas. No creo que sea otra, en esencia, la historia de la humanidad. Y sabemos que, aunque nunca se paró del todo, la velocidad que adquirió en las diversas épocas fue muy diversa. Y concretamente en la actual se diría que va desbocada por más que quienes amasan moco entre los dedos no se enteren. Lo cual, por lo demás, es irrelevante, porque lo de vivir conscientes de la candente realidad del momento siempre fue cosa de minorías muy minoritarias a las que los dioses favorecieron con el don de la curiosidad inquisitiva, por decirlo de la forma más pleonasmática posible. 

El caso es que uno, no por consciente de sus limitaciones intelectuales deja de querer formar parte de esa minoría realmente informada. Y a tal efecto indaga en lo a primera vista incomprensible. Así, si les dijese que en los últimos meses he leído veinte o treinta artículos sobre el bitcoin en particular y las criptomonedas en general no les mentiría en absoluto. Y el caso es que sigo sin aclararme por más que me vaya formando una idea de que estamos ante algo de una importancia que puede ser bastante definitiva a efectos evolutivos. Una especie de "uvas de la ira", pero a lo bestia porque toca al orden mundial por donde más le duele, es decir, la parte del poder. 

Y es que, qué sería de todo este tinglado que tenemos montado si los poderes del Estado no pudiesen controlar en absoluto los flujos monetarios. Sí las transacciones entre particulares no dejan rastro, de dónde sacar para redistribuir. Y sin redistribución, ya me dirán, la selva. Claro que tampoco hay que preocuparse demasiado porque cuando Prometeo roba fuego, los dioses automáticamente le encadenan a una roca para permitir que un águila le picotee los hígados a diario. Y en el caso que nos ocupa, al parecer, el consumo de energía que ese sistema monetario encriptado necesita es astronómico. Lo cual ya ha empezado a poner coto al invento: los chinos limitan por ley las fuentes de energía a quienes poseen los sofisticados ordenadores que se necesitan para acceder a las criptomonedas. Pero no nos engañemos, porque Prometeo tiene de su parte a Atenea y tarde o temprano, con su ayuda, acaba convirtiendo la roca en un diamante que se coloca en el dedo para adornar. Cuando algo empieza, la señal más evidente de que es grande no es otra que ver cómo el poder corre a ponerle trabas. 

En resumidas cuentas: hoy hay una tribuna en El Mundo titulada "La minería del bitcoin". Se lo recomiendo. 

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