El otro día me contaba un amigo que un conocido de ambos, uno de esos que parecía fiel hasta el martirio, se le había acercado y sin que pareciera venir mucho a cuento le había espetado: "he dejado de comprar El País". Los tiempos están cambiando tanto, pensé, que hasta los más cerriles se están apeando del burro. Claro que hay que tener en cuenta que el cerrilismo se suele alimentar de privilegios que una vez cesados adelgazan la cerrazón: el conocido de ambos había llegado a dirigir la mayor empresa pública de la región sin alegar para ello más méritos que los de la supuesta superioridad moral que proporciona la posesión de una ideología afín a los Principios Fundamentales del Movimiento Progresista de los que El País era infatigable muñidor.
Tampoco es que yo piense que la superioridad moral que destilan los adeptos a los Principios Fundamentales del Movimiento Conservador sea menos detestable que la de sus antagonistas, pero, sin embargo, les doy a sus catecismos un punto de ventaja en lo que a decencia intelectual se refiere ya que raramente suelen echar mano del despreciable procedimiento del "una de cal y otra de arena" para embaucar a su filigresía. No, equivocados o no, van directos porque no aspiran a poner la otra mejilla como argucia para despistar a los tibios.
Les traigo estas cosas a colación porque acabo de leer un artículo del periodista Sostres en el que pone de chupa de dómine al diario El País a propósito del tratamiento que en él han hecho de un desgraciado suceso acaecido en Galicia. No sé, porque de este tipo de noticias nunca leo más allá del titular que es imposible soslayar. No me parece que tengan el menor interés porque los considero los inevitables accidentes por causas naturales. La furia desatada de un loco no se diferencia mucho de la de un tornado o una erupción volcánica. Puede que todos ellos tengan signos premonitorios que induzcan a los prudentes a ponerse a resguardo, pero ni todos somos prudentes ni creo que sea aconsejable pasarse la vida poniendo el apósito por delante de la herida porque entonces corres el riesgo de caer en manos de la multinacional de la hipocondria.
Sea como sea, lo que es evidente es que los periódicos en general y El País en particular no dejan de ser las típicas hojas parroquiales en las que la filigresía se encuentra a salvo de desmentidos. Es decir, que no es que no sirvan para nada a efectos de mejorar la percepcepción de la realidad sino que, por el contrario, ayudan a empecinarse en la estrechez de miras que tanta seguridad da a los convencidos de que lo suyo es lo acertado. Pero, bueno, todas estas cosas ya sólo cuentan para los cerriles, como el de marras que les contaba. A D. G., desde que apareció esta máquina de la infidelidad que es internet, lo de apuntarse a una visión de la jugada pasó ya a la historia. Ahora, por el mismo precio, te confirmas con un click y te desmientes con el siguiente. Las certezas bailan la yenca y la sabiduría crece a medida que la duda se abre paso entre las masas. Que no por otra causa es que las hojas parroquiales vayan a menos. Sí, todo apunta a que el mundo se está haciendo mayor.
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