De todos los asaltos a la razón que se han cometido en España en los últimos años, el más sangrante sin duda fue el que se hizo en la figura del Sr. Wert. Afortunadamente ya se van levantando por ahí voces que lo reconocen y piden que el sistema educativo adopte las medidas que él propuso en beneficio, principalmente, de los más desfavorecidos. Sí, exactamente, y que se enteren los socialistas, los más desfavorecidos, porque los que no lo son no necesitan para nada que el Estado les apriete porque ya lo hacen sus padres. Pero ya, cuando la chusma más inmunda puso el grito en el cielo, fue cuando el Sr. Wert dijo que había que españolizar a los niños catalanes, algo que de tan obvio resulta casi hasta cómico tener que proponerlo. Recuerdo al respecto, haber visto hace ya muchos años un reportaje sobre Cataluña en la cadena francoalemana Arte en el que se veía a un maestro de pueblo haciendo mofa del Presidente Aznar y comparándole con Hitler. Porque cosas así es lo que se ha venido enseñando en las escuelas catalanas durante décadas con el gravísimo pecado de omisión por parte del gobierno español: a la vista están los resultados.
El caso es que mi confianza es total en que, por mucho necio que haya en el mundo levantando la voz, la razón siempre acaba por abrirse camino. Al respecto, leía ayer un artículo de Berta Gonzalez de la Vega titulado "La disciplina escolar como arma de justicia social" en el que de una manera informada y razonada se preconizaba la vuelta a la palmeta, si bien metafóricamente, como único procedimiento válido de liberación de los desfavorecidos.
Recuerdo que mi primer maestro, un tal Don Siro, paseaba entre los pupitres llevando la palmeta bajo el sobaco al más puro estilo Alec Guinness en "El puente sobre el río Kwai". Y la sacaba a pasear a la más mínima. Hay que tener en cuenta que los muchachones con los que bregaba habían conocido los horrores de la guerra y no se arredraban ante nada. Así, palmeta mediante, todos aprendieron las cuatro reglas que era de lo que se trataba. Seguramente era un buen maestro que hasta hacía leer pasajes de El Quijote a aquellos asilvestrados. Después, cuando fui a un colegio de curas, no vi ya palmetas, pero sí sacar la mano a pasear de vez en cuando. Luego, ya, cuando empezamos a comer con soltura, las cosas se empezaron a relajar y en cuatro años la mitad de aquellos curas habían volado hacia otros destinos más llevaderos. Porque este país evolucionó a tal velocidad que nos hizo perder la perspectiva de muchas cosas esenciales, principalmente del respeto debido a los mayores en conocimiento.
Hora es de que las aguas vuelvan a sus cauces y la disciplina a ocupar el lugar que le corresponde en el concierto de la civilización. Porque hay que desengañarse: los hábitos perniciosos como que caen del cielo, pero los saludables exigen transitar la cuesta arriba de la disciplina para alcanzarlos. Y esa y no otra es la piedra angular de toda la sabiduría que hay que tener para ascender por la escala social. Convendría que los socialistas se enterasen y que los que no lo son aparcasen sus complejos al respecto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario