No sé qué es lo que pretende el gobierno con ese venga y dale de que no boicoteemos los productos catalanes. Nos quieren convencer de que nos traguemos nuestra antipatía porque nos está perjudicando económicamente. Muy bien, sí, pero y qué me dicen de la satisfacción interior que se tiene cuando estando en la sección de charcutería de Mercadona escoges un chorizo de Guijuelo en vez de uno de Tarradellas. Primero porque sabes que te llevas un producto infinitamente mejor y segundo por el regodeo sentimental de darle una patada en culo al enemigo. Porque para mí los catalanes se han convertido en enemigos y decirlo de otra manera sería un eufemismo. Y que quede claro que no fui yo el que empezó todo esto con algo similar al estúpido y odioso som y serem.
Y, sí, ya sin tapujos, estoy radicalmente a favor de la independencia de Cataluña. He estado echando cuentas y he llegado a la conclusión de que, en conjunto, saldría beneficiado. Y ellos, ni te digo. Con longanizas no iban a atar a los perros que lo harían con butifarras para no dañar su identitat. La identitat de esos, pongamos, dos millones de personas que por estar cerrilmente cohesionados pesan infinitamente más que los otros seis que andan desperdigados en lo que hace a sus sentimientos. Porque, esa es la cuestión perfectamente constatable, que de esos seis millones de desperdigados, por lo menos a cinco, se la sopla el que sea pel davant o pel darrera. Y luego, no olviden el dato definitivo, el de que entre esos dos millones de cerrilmente convencidos están casi todos los propietarios de las pequeñas y medianas empresas, por no hablar de las grandes, que sueñan con hacer de Cataluña un paraíso fiscal. Y no digamos jurídico, porque eso va de soi. Sí, convénzanse, las cartas están echadas y "ellos" tienen todos los triunfos.
Por lo demás, ese milloncejo de hermanos del alma que están allí sufriendo por no ser de la seva saldrían ganando, y mucho, trasladando su residencia al otro lado de la frontera. Porque por aquí, hay sitio de sobra, montones de oportunidades y no huele a mierda. Y además, y sobre todo, aquí hay generosidad. Aquí, de esta parte de la frontera, salvo raras excepciones, primero son los amigos y después la pela. Aquí nos matamos por pagar. Y no por tontos sino porque nos viene de lejos saber que "soy un fue, y un será, y un es cansado" y que "en el hoy y mañana y ayer, junto pañales y mortaja, y he quedado presentes sucesiones de difunto". ¡Es la cultura, tío! Esa es la real diferencia.
Así que ya les digo, siempre que pueda escoger prescindiré de lo que venga de Cataluña. Y si me preguntaren por mis preferencias votaría porque sean independientes de facto, ya que de todo lo demás ya lo son. Al fin y al cabo yo me siento miembro de una comunidad de varios cientos de millones a la que una sangría de seis millones de fanáticos le iba a venir de perlas para regenerar la comunidad de afectos que le dicen. En fin, a veces, parece que la razón choca con los sentimientos y viceversa. En está ocasión estoy casi convencido de que la una y los otros van al alimón. ¡Que se vayan de una vez, por Dios!
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