viernes, 15 de diciembre de 2017

La propina

En estas etapas de la vida que mi padre llamaba la propina he dado en vivir atormentado por ese precepto que algunos creen puritano pero que en realidad es judío: el que la hace la paga. Y no sólo eso sino que colea la deuda hasta siete generaciones tras él. Así, nunca como ahora he tenido una conciencia tan pesarosa por todas las tonterías que hice a lo largo de la vida. Y no encuentro resquicios para algún tipo de justificación. No, simplemente actué estúpidamente a impulsos de una autoestima estragada por un amor propio sin fondo. Poca inteligencia, mala educación, no pueden ser excusas porque, entonces, apaga y vamos. ¿Para qué entonces la justicia si nadie es realmente responsable de sus actos? No, olvidémonos del pensamiento socialdemócrata y volvamos a los orígenes de la realidad: recogiste tempestades porque sembraste vientos. Lo demás cuentos de la mona. 

Viendo el otro día esa a mi juicio obra de arte que es Boyhood vi que en un lugar destacado del colegio al que van los niños había un cartelón con la siguiente leyenda: cada cual es responsable de sus actos. Bien yo diría que ese debería ser el artículo primero de cualquiera de los decálogos que los profetas bajan del monte. Así, con algo tan meridiano bien interiorizado, todo lo demás viene por añadidura, empezando por la inoperancia de ampararse en la aprobación de la tribu. 

En fin, la propina, tiempo para purgar. Si es que eso es posible. 


Mi penitencia deba a mi deseo,
         pues me deben la vida mis engaños,
              y espero el mal que paso, y no le creo. 

                                                                                       Hasta por el culo me conocen

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