La caverna de Platón. Escapar de ella. ¿Cómo? Bueno, es tan penoso como lo de matar al padre. No sé si habrán visto la película que hizo Pasolini sobre Edipo. Edipo va por el camino, se supone que de vuelta a su patria, y de pronto se encuentra a un tipo que le impide avanzar. Él no lo sabía, pero el tipo era su padre. Y le cuesta casi media película deshacerse de él. No había forma de rematarle. Pues bien, escapar de la caverna no lleva media sino la vida entera. Crees que ya estás fuera y, aunque solo sea por matar el aburrimiento, dedicas unas cuantas horas, o días, al estudio, y, ¡oh, sorpresa!, te das cuenta que todavía te falta mucho para salir a la luz del sol. Las paredes que tienes que escalar son resbaladizas y, para dar más emoción al asunto, los que están abajo te tienen cogido por los pies y no das a basto a pegarles patadas para desembarazarte de ellos.
Algo de eso es lo que me está pasando desde que me apunte a las conferencias de la Universidad Francisco Marroquín y similares. Me estoy dando cuenta de que tiran de mis pies hacia abajo multitudes inabarcables. Todo eso que hice en la vida para intentar ser más culto ahora caigo en la cuenta de que no era sino sumergirme cada vez más en el fondo de la caverna. ¡Tanta y tanta literatura como leí sin percatarme de que estaba escrita para las chachas! Igual que el cine, igual que tantas que creí amistades y solo eran vampiros que me chupaban la energía que necesitaba para escalar esas que les digo resbaladizas paredes.
En resumidas cuentas, que no sé si merecerá la pena tanto esfuerzo. Porque empezar a ver y tener que vivir entre ciegos no creo que sea muy rentable que digamos. Aunque siempre me quedará el consuelo de Don Quijote. No importan los batacazos que te lleves porque tarde o temprano se demostrará que los molinos son gigantes.
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