Sea como sea la realidad, al margen de cómo yo la perciba, el caso es que vengo de un tiempo a esta parte con apetito de mudanza. Y es que esto de estar demasiado bien instalado en esta Palencia decimonónica que todavía sacude las alfombras en los balcones me produce desasosiego, no por lo de los balcones, sino por la tendencia a la devastadora molicie que es inherente al bienestar gratuito. Sí, lo confieso, empiezo a encontrarme molesto, y mucho, conmigo mismo. Mirándome en exceso el ombligo y angustiándome ante el avance inexorable de las arrugas. En definitiva, no otra cosa que la reaparición por enésima vez de mis particulares fantasmas, los de la estabilidad.
Mudarse, sí, ya sé, lo dijo Kavafis, es imposible porque uno siempre lleva la ciudad dentro de sí. Vale, lo acepto, porque haya vivido donde haya vivido siempre he vivido de la misma forma, haciendo exactamente lo mismo y tal. Pero eso no ha quitado para que haya sentido el efecto benéfico de la terapia. El reto de la movida con su inevitable cortejo de pequeños inconvenientes a superar me tiene por una temporada fuera de mi. Eso es todo, que no es poco. Porque, de acuerdo, hoy día, calcaos como quien dice todos los sitios. El mismo internet, los mismos Mercadonas, las mismas mandangas burocráticas... bueno, en unos lados es mas barata y mejor la vivienda y en otros es más deleitoso el paisaje. Cosas sin importancia, pero que echas a faltar cuando no las tienes. Todo artimañas de la mente para que sientas la vida.
En fin, a lo que iba, tiempos de tribulación o no, algo habrá que hacer a la medida de las propias posibilidades, porque lo contrario, quedarse quieto a la espera de mejores tiempos, o de aguas más calmas, como aconsejan los que bien te quieren... imagínense lo que nos hubiésemos perdido si Robinson Crusoe hubiese hecho caso a los sabios consejos de su padre; hubiésemos tenido un anodino ciudadano del upper level of de lower class del que solo hubiésemos podido aprender que para vivir así mejor morirse.
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