A tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo. En esto Celestina y la Lozana coinciden al cien por cien. Es como lo del monje que lleva a una puta al hombro y cuando alguien le pregunta que, para qué la lleva, le contesta que todo sirve para el convento. Es una pulsión curiosa esta de almacenar. Yo diría que es directamente proporcional a la miseria física y espiritual de quien la experimenta. Recuerdo que cuando todavía me prestaba a las obras de caridad, una pareja de pobres desgraciados estaban empeñados en que fuese un día a cenar a su casa. Cedí de mala gana y allí que me presenté. La casa era un cuchitril que no creo que llegase a los cincuenta metros cuadrados, pero lo realmente sorprendente es que por ella solo se podía transitar de canto. En realidad me habían invitado porque querían sorprenderme con su habilidad para aprovechar el espacio para guardar cosas. Los escasos pasillos los habían trufado de armarios del suelo al techo y no creo que entre ellos quedasen ni treinta centímetros diáfanos. Luego me enteré de que la susodicha pareja se había separado a los pocos días de mi visita. Lo entendí perfectamente porque ya no tenían la menor posibilidad de colocar un armario más en su casa. ¿Qué les podía unir entonces?
Hay otro refrán, muy usado en el siglo de oro, que también refleja a la perfección esa pulsión dañina: no hay saber como el tener. Y por eso es, porque a la gente del común no hay nada que le ponga tanto como creerse que sabe, que se lancen como posesos a tener de todo y un poco más. Da igual de lo que se trate, el caso es que mi casa esté hasta el techo. Si son libros, pues libros, si son viajes, pues viajes, si son conquistas, pues conquistas, pero, sobre todo, cachivaches a los por una especie de perturbación mental se les ha asignado un valor sentimental. Recuerdo perfectamente con que orgullo se enseñaba toda esa porquería cuando empezó el desarrollo económico. Iba la gente a cualquiera de aquellos viajes que organizaba Educación Sin Descanso y nunca perdonaban comprar un souvenir de los lugares en los que habían estado. De hecho, lo mejor de aquellos viajes era la compra de los souvenires. Luego, al llegar a casa, los colocaban en una estantería del aparador que había en todos los comedores. Yo iba a aquellas casas a visitar algún enfermo y cuando acababa, mientras me lavaba las manos, en vez de preguntarme por el enfermo, me relataban el sentido de aquellas figuritas de mierda. Para ellos eran la prueba del nueve de que no eran unos mindundis. En fin.
A veces, en los desesperados intentos de sortear el aburrimiento, vengo a caer en uno de esos programas televisivos en los que una pareja se dedica a restaurar casas viejas. Siempre en los EEUU de América. Pues bien, esas casas no solo las restauran sino que también, lo más sorprendente, las decoran. Para mejor venderlas según no paran de argumentar. Bueno, uno tiende a pensar que la decoración es algo personal y por eso, caso de hacerla, tendría que ser cosa del comprador. Pero no, se ve que a los compradores en general lo que les gusta es que su casa esté hasta el techo de mierdas antes, incluso, de haber empezado a vivir en ella. La verdad es que no me lo puedo explicar, porque son casas carísimas en barrios chic de Chicago o sitios por el estilo. Es como si esa gente, tan evolucionada por lo demás en todo, se aferrase a los fetiches como el náufrago a la famosa tabla. Uno más, en definitiva, de los atavismos que no hay forma de soltar. Claro, hagamos lo hagamos y triunfemos en la vida lo que triunfemos, el componente náufrago es imposible que se nos vaya de la cabeza. Es el miedo a morir que siempre anda por ahí rondando y, a la postre, toda la vida es un puro hacer tonterías por ver si con ellas nos olvidamos un poco de esa única realidad incuestionable.
Nada sirve para nada, pero unas cosas menos que otras y tener hasta el techo seguramente la que menos. Y como nada es inocente, la que menos nos beneficia puede ser la que más nos perjudica. Consumir lo que sea, para salir del paso casi siempre, tiene su perversa contrapartida, la que ayer les mentaba, que te impide ahorrar, es decir, aspirar a la libertad... la única ilusión por la que, como dijo dijo Don Quijote a Sancho, merece la pena sacrificarse. Así que, ¡a buenas horas me vienes con estas filosofías!
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