Pizarro, por poner un ejemplo, era analfabeto. Lo cual no le impidió llevar a cabo una de las mayores empresas civilizatorias de la historia moderna. Sí, ya sé que hoy día está muy cuestionado por el socialismo rampante eso de que fuesen civilizatorias aquellas empresas, pero voy a pasar de ello porque, como se decía antaño, a palabras necias, oídos sordos. A lo que quiero ir es a que lo que hizo Pizarro solo se puede hacer con una cabeza bien amueblada. O sea, que para nada saber leer y escribir le hace a uno más sabio. No niego que en ocasiones puede ayudar, pero, también, a veces, solo sirve para idiotizar a causa de poder acceder a lecturas a las que no se tiene derecho. Porque, miren ustedes, entre las verdades incontrovertibles que asolan el mundo desde que Lutero clavase aquellas noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg destaca la que hace referencia a la educación pública que, según los protestantes, y por supuesto sus herederos los sociatas, es la mejor cosa del mundo mundial para que los de abajo aprendan a obedecer a los de arriba.
El caso es que sigo con mis escuchas de Rothbard mientras sigo paseando por los muelles del pesquero. Ahora, concretamente, el Manifiesto Libertario. Pocos temas, si es que alguno, de los candentes de la vida deja de lado ese libro . Pero de entre todos ellos el que más me ha impactado es el dedicado a la educación pública. Y es que justo lo que dice sobre el particular es lo que yo venía intuyendo desde que me liberé de las anteojeras que me había colocado la buena vida, entendiendo por buena adaptarse sin reservas a la condición de muerto viviente que proporciona el disfrutar de una renta vitalicia a expensas de los contribuyentes. Sí, paradojas de la vida, es muy duro acostumbrarse a vivir sin tener que luchar por la subsistencia. Porque, en realidad, eso no es vivir. Es pasear por el mundo el propio cadáver. Pero en fin, vayamos a lo de la educación pública.
Sostiene Rothbard que la educación pública es el mayor atentado a la libertad individual elevando el delito a la categoría de crimen contra la humanidad. Es, dice, un intento perverso de uniformizar lo que por naturaleza es distinto, siendo, precisamente, la diversidad de los individuos la mayor riqueza de la que dispone el mundo. Ese empeño que vienen teniendo las clases medias de unos siglos para acá de que todos los niños sean como sus hijos, capaces de recitar la lista de los reyes godos sin equivocarse ni en uno. Es absurdo no dejar que cada uno siga sus propias inclinaciones y las cultive de una forma natural. Pero, claro, así no se aprende lo que a los que mandan les interesa que se aprenda por encima de todo, es decir, a obedecer las leyes del Estado. A pagar con resignación todos los impuestos, a ir de buen grado a la guerra, a mirar tres o cuatro horas al día la televisión pública... claro que decir televisión pública es un puro pleonasmo... en fin, a hacer todo lo que beneficia a la mafia estatal.
No voy a seguir porque para qué si está más claro que el agua que debido a esa política estatal es como hemos llegado a estar saturados de médicos, ingenieros, abogados, etc., y, sin embargo, absolutamente faltos de todos esos oficios que tradicionalmente se traspasaban de padres a hijos... y que proporcionaban una buena vida. Pero claro, hubo que insistir en lo de los rangos para acomplejar a los que, por muy útiles que fueran y muy bien que se ganasen la vida, no habían pasado por la universidad. Sí, todo esto de la educación, de Lutero para acá, ha sido un crimen de lesa humanidad.










