Aprovechando las ventajas de un otoño benigno me suelo echar a andar, tanto para estar entretenido como para dar pábulo a la ilusión de que así me va a doler menos el sistema osteoarticular. Suelo seguir el carril bici que atravesando polígonos industriales y circunvalando factorías y centros comerciales lleva hasta los pueblos del fondo de la bahía. A veces, bordeando el mar llego hasta el puerto deportivo que hay cabe el extremo este de la pista del aeropuerto. Me suele llevar entre hora y media y dos horas llegar a término, es decir, con las condiciones físicas idóneas para trasegar una dosis generosa de cerveza. A veces, si se tercia, cual fue el caso ayer, acompaño la cerveza con una hamburguesa y ya no tengo que preocuparme en todo el día del suministro energético habitual.
Ayer recalé en The Park Coffee&Bar, un chiringuito muy apañado que hay en el Parque Cros de Maliaño. Creo recordar que en el espacio de ese parque había una factoría que expelía humos sumamente pestilentes, pero eso era, por así decirlo, en tiempos de Maricastaña. Hoy aquello, con su piscina climatizada, sus canchas al aire libre, su bolera cubierta, sus juegos infantiles, su Frente de Juventudes, su estatua de Don Quijote, el chiringuito que les decía... en fin, que para sí quisieran un lugar tan guay los pueblos más ricos del planeta.
Comía, como les decía, mi hamburguesa bien regada disfrutando de la apacibilidad del ambiente. Las mesas de alrededor, salvo una en la que había un par de extranjeros comiendo el chuletón de la casa, estaban ocupadas por jubilados absortos en sus móviles. Bueno, detrás de mí había una mórbida con perro que cada vez que se movía hacía temblar toda la tarima sobre la que se asentaban las mesas. Afortunadamente se fue pronto. En esas estando, levanto la vista del plato y me doy cuenta de que justo enfrente, tras los juegos infantiles, hay una pintada.
El que tuvo, retuvo. En estos pueblos que hoy son mayormente residenciales, pero que cuando lo de Franco eran muy industriales, los abuelos han hecho correr entre los nietos la leyenda urbana de que ellos fueron muy rojos, todo el día teniéndoselas tiesas al dictador. Así es que esos nietos tratando caer simpáticos a los abuelos que son los que mayormente les pagan sus vicios hacen pintadas que sintonicen con las leyendas urbanas que les han contado. Todos más rojos que Pepe Stalin, con perro, pendiente, tatuaje y, por supuesto, muchas birras.
Acabada la colación, me levanto con cuidado porque mi sistema laberintico no está para tirar cohetes, sobre todo si ha caído un vaso de los de sidra lleno de cerveza. Avanzo unos pasos en plan torricante pero pronto me estabilizo. Sigo caminando y mi vista se posa sobre una pintada que hay en el muro trasero del frente de juventudes.
A pesar de la somnolencia inducida que llevo encima me quedo pensativo. ¿Mujeres vecinales? Y además heroínas. ¿A qué se estarán refiriendo? Esto, sin duda, lo han pintado, también, los nietos rojos de los abuelos franquistas. Seguro que las mujeres vecinales y por demás heroínas a las que se refieren son esas que no les cuesta nada cagarse en dios cual si fueran sopleteros en el País Vasco. En fin, mejor pasar del asunto y seguir camino en busca de un banco para echar una cabezada.
Iba ya con medio regreso cumplido cuando al pasar por debajo de una autopista veo otra graciosa pintada.
Esta, me dije, no es de rojos sino de CeNeTeros. Gente que se junta para asar sardinas en medio de una calle concurrida y para hablar mal de la corona y el clero. Sobre todo, que sea putera la una y pederasta el otro les da mucho juego. Por lo demás buena gente que se las apaña para no supeditarse en la vida a unos horarios estrictos.
Por fin, encontré un banco que por su ubicación me pareció idóneo para lo de la cabezada. Y sí, unos veinte minutos o así estuve allí con la conciencia perdida. Hay que ver lo que repone eso. Me levanté con mucho cuidado por lo del laberinto que les decía y, una vez sólidamente asentado sobre mis pies, proseguí camino. Ya no quedaba mucho para llegar a puerto.



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