domingo, 24 de octubre de 2021

M´explicu

Sigo escuchando la Historia del Pensamiento Político de Murray Rothbard mientras sigo paseando por los muelles del pesquero. No es que sea un gran plan, pero ya me dirán ustedes dónde puede encontrar otro mejor un viejo escacharrado. Sea como sea, esa obra es un monumento a la minuciosidad. Porque, claro, tendemos a pensar que lo que estamos viviendo ahora es excepcional en cuanto a la cantidad de gente que aunque no tenga nada de interés que decir se pasa el día largando, por tierra, mar y aire... los periódicos, la televisión, la radio, las redes y, last but no lest, lo de siempre, es decir, los libros. Yo mismo estoy aquí, con este blog, intentando dar la matraca sin parar. 

Pues no, señores, de excepcional nada de nada. En cualquier época histórica el mundo ha estado lleno de gente que se ha esforzado por dejar constancia de su particular visión de la realidad. Por eso hay millones de archivos llenos hasta los topes repartidos por todo el mundo. Y millones de ratas royendo los legajos tratando de sacar algún alimento de ellos. Sin la menor duda, Rothbard es una de esas ratas aventajadas que sabe olfatear donde está lo de mayor sustancia. Es impresionante cómo con la excusa de la economía va entretejiendo un entramado de información política que deja meridianamente claro que la política no ha sido nunca otra cosa que las tretas utilizadas por los privilegiados para mantener y acrecentar sus privilegios. La ley de hierro de la oligarquía lo han llamado algunos. Lo que pasa es que el hierro también tiene fecha de caducidad... y si no que se lo pregunten a aquellos aristócratas franceses de finales del XVIII. 

La ley de hierro de la oligarquía es algo que suena un tanto rimbombante, pero, a la hora de la verdad, es la cosa más más sencilla de entender del mundo. M´explicu, que diría Anxo Bastos. Alguien, porque es habilidoso en los negocios, acumula un gran patrimonio. Y ya saben lo que pasa con las cosas grandes, que cuesta un gran esfuerzo mantenerlas en funcionamiento. Rápidamente le empiezan a salir grietas por aquí y por allá. Entonces el habilidoso con los negocios empieza a desesperar y no le importa recurrir a lo que sea con tal de que no se le vaya abajo el chiringuito. Al final siempre dan en lo mismo, untar a unos cuantos políticos para que dicten una ley que les favorezca, no importa todo lo injusta que sea la ley. Porque escusas non petitas nunca faltan. Es que si quiebro miles de personas se quedan sin trabajo es la acusatio manifesta. En resumidas cuentas, lo que ahí tenemos y que algunos llaman, como digo, oligarquía de hierro, no es más que la mafia del poder no parándose en mientes no solo para conservar sino para acrecentar sus privilegios. 

Se detiene Rothbard en hacer un pormenorizado relato de los tejemanejes que la mafia del poder francesa hace a lo largo del siglo XVII y XVIII para mantener unos privilegios desaforados  sin importarles una mierda las miserables condiciones en las que vivían las conocidas como clases populares. Posiblemente no haya en el mundo un monumento a la corrupción política que pueda competir con Versalles. Eso que van a ver ahora los regocijados y aniñados turistas no es más que el producto de muchos años de miseria y desolación de, como se suele decir, los de abajo. Más les valiera a los franceses dinamitar ese monumento, que, por otra parte, mas que monumento al poder parece que lo es al gusto hortera. En fin, como les iba diciendo, no hay mal que cien años dure ni cerdos a los que no les llegue su San Martín... las guillotinas siempre están ahí para hacer su trabajo cuando se cambian las tornas. 

Por lo demás, les seguiré contando según mis paseos por los muelles del pesquero me vayan ilustrando sobre la condición humana. 

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