En mis paseos matutitos, al borde del alba, me suelo cruzar con una colla de recién jubilados, cuatro o cinco, que marchan ligeros, en perfecta formación y convenientemente equipados para el ejercicio al aire libre. Por frases sueltas que les pillo al tresbolillo se nota de lejos que chupan telediario de lo lindo. Ni que decir tiene que todos ellos portan bozal, diría yo que con arrogancia a juzgar por las miradas que me echan. Ese viejo, deben pensar, se la está jugando.
La verdad es que uno nunca sabe nada a ciencia cierta. ¿Me estaré equivocando?, suelo preguntarme con frecuencia. ¿Debiera ajustar mi conducta a los dictados del telediario? De momento paso porque mi extensa erudición me dice que todas las grandes movidas de la historia, sin excepción, se han originado a partir de una mentira. Bueno, hace poco tuvimos ocasión de comprobarlo con lo de las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein. Indiscutiblemente había una necesidad urgente de apoderarse de su petróleo y prepararon el camino con lo de las famosas armas. Para quedar bien, ya saben, tan importante como es. Que todo resultase al final un bluf no es más que la consecuencia de estar occidente ya de retirada. Cualquier cosa que hagamos ya solo puede ser un desastre.
Pero lo que les quería contar es la historia de la primera gran mentira debidamente documentada. La cosa comenzó con la milonga de las manzanas de oro. Zeus había invitado a Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, a una cena a la que asistían Hera, Atenéa, o Diana, no recuerdo bien, y Afrodita. En un determinado momento, Zeus arrojó tres manzanas de oro sobre la mesa a la vez que decía: "para la más bella". Le pidió a Paris que hiciese de juez y éste no lo dudó: Afrodita, sentenció.
Era evidente que a Paris le iban las Afroditas y, ¿quién más afrodita que Helena en aquella Grecia aquea? En resumidas cuentas que Paris raptó a Helena y se la llevó a Troya. Para desgracia de Paris, y de todos los troyanos por extensión, Helena era la mujer de Menelao, uno de los reyes de la Helade. Aquello, desde luego, no podía quedar así. Menelao pidió ayuda a su hermano Agamenón y éste organizó un ejército para ir a rescatar a Helena. Curiosamente, se daba la circunstancia de que Troya se encontraba situada justamente junto al Bósforo, es decir, el estrecho brazo de mar que une el mar Jónico con el mar Negro. O sea, que si los troyanos querían por aquel estrecho no pasaba ni dios. Ya, años antes de lo de Helena, los aqueos habían mandado una expedición de saqueo, los argonautas les decían, a las costas del mar negro y habían tenido serios problemas para salvar el Bósforo. Pero, nada, no se crean que toda esta geopolítica tuvo que ver con la guerra de Troya. No, en absoluto, la causa fue el honor mancillado de Menelao y, por extensión, de todos los aqueos por el rapto por Paris de Helena que, todo hay que decirlo, era la representación viva de Afrodita, es decir, que estaba de coge pan y moja.
Ya ven, con lo de Troya los griegos mataron dos pájaros de un tiro: rescataron a Helena y tuvieron franco el paso por el Bósforo. Aunque todo hay que decirlo, a la épica de aquellas acciones le siguieron las tragedias que asolaron a muchos de sus protagonistas al regresar a casa. Sin duda había allí un cierto complejo de culpabilidad que cobró su peaje.
Imagínense si nos vamos a creer todo esto que está pasando después de haber descubierto que la Ilíada no es en realidad más que un panfleto para blanquear uno de tantos pasajes negros de la historia.
En fin, como reza el tango:Verás que nada es amor
Que al mundo nada le importa
¡Yira, yira!"
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