Seguía escuchando a Rothbard mientras seguía paseando por los muelles del pesquero, cuando, de pronto, me sacaron de mi ensimismamiento las siguientes palabras de San Agustín:
"Estando tanto tiempo persuadido de mí con engaño que sabía la certeza de la verdad, había hablado con liviandad y fervor de mancebo muchas cosas dudosas, como si fueran averiguadas"
Es que Rothbar se había puesto a explayarse a gusto sobre la figura de Adam Smith y, por así decirlo, le estaba poniendo a caldo. En resumidas cuentas, que era un plagiario que no tenía ni pajolera idea de economía y que, debido a la estratosférica fama que tuvo y tiene, ha hecho un daño incalculable a la ciencia económica ya que se equivocó en prácticamente todo. Sobre todo en lo de la teoría del valor. Para Smith, contradiciendo las enseñanzas de los escolásticos españoles, el valor de las cosas es objetivo: está marcado por lo que cuestan las materias primas de que se componen y las horas de trabajo que ha costado fabricarlas. Que la gente las desee más o menos para Smith no cuenta nada. O sea, que para Smith una habitación de hotel en Benidorm tendría que costar lo mismo en agosto que en enero.
En fin, yo ya había oído a Huerta de Soto hablar mal de Smith en lo referente a lo del valor objetivo, pero es que Rothbard no le deja títere con cabeza; se tira como diez páginas de puro regodeo poniéndole a parir. Bueno, como aperitivo para lo de Smith se entretiene un buen rato descalificando a su amigo y mentor David Hume.
Así las cosas, y dado lo documentada que es la opinión de Rothbart no me queda más remedio que admitir que he hablado en multitud de ocasiones con liviandad y fervor de mancebo refiriéndome a Smith al que he puesto por las nubes mil veces así como recomendado su lectura. ¡Que duro es el oficio de bloguero! Casi más duro que el de tertuliano.
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