En Barcelona siempre hay unos cuantos de esos en el puerto. Eso representa unos cuantos, bastantes, miles de turistas que se diluyen entre los otros muchos miles que llegan por avión. Es la moda Barcelona, algo muy parecido a esto del covid que le dicen, es decir, un montaje mediático porque, sí, Barcelona era una ciudad muy agradable para vivir, sin prácticamente invierno y con todas las ventajas de una gran metrópolis, pero un sitio al que mereciese la pena ir a ver cosas, pues francamente no. Bueno, cabezas parlantes y cosas así, unas cuantas, pero museos, monumentos y demás, una verdadera birria por comparación a otras metrópolis europeas. Sin embargo, ya digo, se lo supieron montar y lo que eran antes telares hoy son hoteles y restaurantes. Lo que por lo visto no ha cambiado es lo de los burdeles que siguen siendo parte crucial del PIB de la ciudad. En resumidas cuentas, los obreros de cuando Mariona Rebull se han convertido en camareros y las calles costumbristas en hervideros de gente extraña a la búsqueda de sensaciones fuertes y rápidas. Por así decirlo, pocos sitios habrá en el mundo que hayan sabido adaptarse mejor a los tiempos que corren, es decir, tiempos de franquicia, o sea, que todos los sitios son más de lo mismo.
Santander hasta ayer era otra cosa. Por así decirlo, la provincia en estado puro. Todavía recuerdo cuando me llevaron a ver por dentro el Reina del Mar. Andaría yo por los once o doce y vivía a pupilaje en casa de unas señoras que conocían a alguien entre cuyas prerrogativas estaba la de poder dar acceso al barco a sus amistades. Como el Reina del Mar atracaba en medio de la bahía había que ir en lancha y luego subir por unas empinadas escaleras. Como hace ahora el práctico. El caso es que nada más llegar a la cubierta el carabinero que controlaba el acceso me reconoció. Había sido cabo de la guardia civil en Liérganes y me recordaba de cuando acompañaba a mi padre a los ágapes que se daban en el cuartelillo el día de El Pilar. Bueno, lo que les digo, la provincia en estado puro. Antes de bajar del barco alguien ofreció a mis patronas unos cartones de tabaco... no sé en qué quedaría aquello. Por lo demás recuerdo que el interior del barco, ni fu ni fa, o sea, una decepción.
El caso es que ayer por la mañana me topé de sopetón con ese paquebote atracado en los muelles de Maliaño que antaño les decían. ¡Madre mía, qué cosa más deforme! Como un hotel de resort costero pero flotante. Muy parecido, también, a esos barcos que usan en Australia para transportar a no sé donde miles de cabezas de ganado. Apenas había amanecido y junto al barco había una ristra de autobuses para llevar a los turistas a los diversos lugares con encanto de la provincia. Mientras se hacía el trasvase de ganado, con perdón, Bosio y Martín amenizaban el acto. Seguro que había sido una idea del presidente Revilla. Claro, a la mayoría de la gente lo de Bosio y Martín no les dirá nada, pero para un montañés de toda la vida esa pareja es la esencia de la patria chica. Por así decirlo, Bosio y Martín eran los Glen Gould del pito y tambor. Bueno, supongo que ya saben de sobra a qué me estoy refiriendo cuando digo Glen Gould.
Lo más curioso de todo este caso es que, después, hacia el mediodía, cuando estuve con Isi merodeando por el down town, no tuve la impresión de que por allí hubiese forasteros. O todos los del barco estaban en Santillana y Cabárceno o aquel era un barco fantasma. Porque, desde luego que allí cabían muy bien tres o cuatro mil personas que por mucho que se hubiesen desparramado por la ciudad se habrían tenido que notar. Un misterio, en definitiva. En cualquier caso y a D. G., nos falta mucho para llegar a la vulgaridad de Barcelona.
En fin, que qué mundo éste con sus diversos dimes y diretes... sobre todo el del consumo responsable y sostenible. ¡Pues anda que no se ahorra combustible teniendo encerradas unos cuantos días a unos cuantos miles de personas en uno de esos paquebotes!


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