Se diría que siglo y pico de socialdemocracia ha llevado al mundo a un callejón sin salida. Ya sé que suena angustioso, pero estoy convencido de que algo de eso hay. Tanto ceder parcelas de responsabilidad personal al Estado a cambio de vacaciones a la orilla del mar, ¡vaya un tostón!, nos ha llevado a donde estamos, o sea, a millones de personas por las calles pidiendo a gritos que nos devuelvan la libertad cedida. Y claro, el Estado responde: lo que se da no se quita... y se ha inventado lo del virus que es algo así como ese collar eléctrico que ponen a los perros para que no se desmanden. Miedo en vena, en definitiva.
Lo que pasa es que a todo se acostumbra uno, a los collares y a los virus. Cada vez más gente se levanta del sueño que parecía iba a ser eterno. Y donde hay gente levantada de inmediato surge el político que ve nicho para sus aspiraciones. Ya se empiezan a ver diputados en diversos parlamentos que más o menos tibiamente se empiezan a poner del lado de la fachoesfera, que así es como un ministro francés ha llamado a los que reclaman libertad en las calles... ¡el pobrecillo, que falta de imaginación!
Francamente, no creo que todo esto se vaya a resolver por las buenas. Hay tanta gente viviendo divinamente de la escroquerie del Estado que va a ser muy difícil convencerles de que tienen que dejar de meter la mano en el bolsillo de la gente. Todos esos ejércitos de funcionarios a los que no les aprieta nada. Gente que vive en un perpetuo estado de ¡viva la pepa! En el mejor de los mundos como decía Panglós. No se sostiene, los números no engañan.
Pues sí, esa es la cuestión, que la fachoesfera cada vez es mayor. Lo cual, como no podría ser de otra forma, le hace ganar confianza en sí misma. Ya no se corta un pelo y empieza a dar miedo. Cada vez más jueces se empiezan a poner de su parte. Por contra, el poder ejecutivo no para de contratar más policía y de comprar más artilugios antidisturbios. Es lo típico de los fines de época. O de caída de los imperios, si mejor quieren. No creo que tarde en llegar el sálvese el que pueda.
¡Ya te digo, el virus! ¡Con lo fácil que es acogerse al sagrado de los bares! No creo que el mundo haya vivido nunca semejante pantomima.
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