viernes, 22 de octubre de 2021

Los pedos del buey

Paseo por los muelles del puerto pesquero mientras escucho la Historia del Pensamiento Económico de Murray Rothbard. En un libro sobre el mismo asunto que acabo de leer ponían a Las Cartas Filosóficas de Voltaire como el inicio de ese pensamiento. Voltaire, los fisiócratas franceses a los que conoció Adam Smith... bueno, llevo tres o cuatro horas escuchando y todavía no hemos llegado ahí. Todavía falta. Rothbard se remonta a Hesiodo, o sea, el primer escritor propiamente dicho del que tenemos noticia. Porque, ¿díganme ustedes si puede haber alguien que haya escrito un par de libros sin hacer en ellos alusiones a las cuestiones morales que suscita el dinero? Ya saben, Dios y el dinero, por ese orden, las dos mayores creaciones de la mente humana. Sigue, como es natural, con Aristóteles y Platón en los que ya se perfilan netamente las dos formas de encarar la realidad, como individuo o como masa. En fin, para cuando llegamos a Juan de Mariana, al que dedica una extensa biografía, ya llevaba más de dos horas de escucha. Afortunadamente los muelles del pesquero son generosos en bancos en los me siento o me tumbo según las apetencias del momento. 

En cualquier caso, de Hesiodo para acá, pongamos que 2.600 años, qué poco ha cambiado el mundo. Estamos en donde estábamos, es decir en el eterno combate entre los que piensan que el sustento cae del cielo, o sea, del bolsillo de los otros, y los que por contra piensan que hay que sudar para conseguirlo. Y al parecer esto nunca podrá cambiar porque es una cuestión puramente biológica. Uno nace con lo que nace y si viene corto de atención no le puedes pedir que aprenda a calcular. Pero como la naturaleza lo compensa todo, si trae falta de atención viene sobrado de instinto de supervivencia y, así es que, como por ensalmo, le brotan las teorías que preconizan la comunidad de bienes como forma superior de civilización. En definitiva, los cortos tienen una tendencia natural a apuntarse a las mafias del poder, meterse en política le llaman a eso ahora, para poder sobrevivir sin mayores contratiempos para ellos y creándoselos muy onerosos a los otros. Por así decirlo, las mafias del poder, el Estado, para que nos entendamos, rompen el orden espontáneo que viene a ser lo que había en aquella famosa Edad de Oro que a tan mal traer le traía a Don Quijote. Para Rothbar estaba claro, el Estado es el mal absoluto. O sea, el meterse a organizar vidas ajenas, como si las vidas ajenas no supiesen qué es lo que más les conviene. El poder se impone por la fuerza, y una vez constituido se dedica a promulgar más leyes que pedos tira un buey, como dijo no sé si Lao-Tsé o un discípulo suyo. Porque Lao-Tsé, en eso de la Edad de Oro era como Don Quijote.

Los pedos del buey siempre están encaminados a lo mismo: a incrementar su poder. Todas las leyes necesitan de alguien que las haga cumplir. O sea, que cada vez que el gobierno dicta una ley crea más funcionarios, con lo cual echa más cargas sobre los hombros de los que crean riqueza. Es decir, las leyes son palos en la rueda del progreso. Pero, claro, qué es lo que incrementa el poder del gobernante sino el disponer de cuantos más palos mejor para meterlos en todas las ruedas que estén girando. 

En fin, que como sostenía Juan de Mariana, que buenos disgustos tuvo por ello, lo único con sentido en este mundo es zepillarse a los gobernantes que no paran de tirarse pedos. 

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