sábado, 16 de febrero de 2019

Bocata de chorizo


A veces me parece captar un ambiente como de melancolía a lo Lars von Trier. Me acerqué ayer hasta Cascón más que nada porque me apetecía zamparme un bocadillo de chorizo casero. En el café La Laguna todo es zen empezando por la camarera. Apenas un susurro apoyado en una giocondina  sonrisa por toda comunicación. Mientras doy cuenta del bocadillo oigo las frases sueltas y pausadas del personal aburrido y miro por la ventana las evoluciones de las cigüeñas en el campanario de la iglesia al otro lado de la Plaza del Generalísimo. Bien pensado, lo de generalísimo tiene su gracia. ¿A quién se le ocurriría? En cualquier caso Cascón es un pueblo de colonización, o sea, que por mucho que quitasen la placa de la plaza, Franco seguiría estando allí en espíritu por los siglos de los siglos. 

En el porche de La Laguna había tres o cuatro mozos alrededor de una moza tan fermosa non vi en la frontera. Recordaban a un grupo de perros tras una perra en celo... cuando existía eso. La biología dejada a su aire siempre viene a dar en lo mismo. El resto de la plaza era toda para los pájaros... salvo un grupo de tres viejas que intercambiaban consejas a la puerta del consultorio. 

Tiré por la nava adelante camino de Mazariegos. Aquí y allá se veían tractores con las alas extendidas echando sabe dios qué al campo. Por lo demás, ni un alma en mil kilómetros a la redonda. Crucé Mazariegos y tampoco. En la adecuación que han hecho allí en la antigua estación del tren burra eché una pequeña sonata tendido sobre una mesa. Cuando abrí los ojos solo vi a una pareja de milanos evolucionando unos cientos de metros por encima. Ya incorporado para partir eché un vistazo a la inmensidad y vi que por encima del suelo solo destacaban las torres de las iglesias: la de Baquerin, la de Revilla, la de Meneses, la de Torremormojón... y así hasta cien por lo menos. 

Volví por el camino del tren burra y tampoco me topé con nadie en todo el trayecto. Es increíble la cantidad y calidad de las dotaciones que tenemos para el ocio. Se diría, sin embargo, que a la gente no le gustan. ¡Donde esté el bar de la esquina! Qué quieren que les diga: lo veo normal. Estamos hechos para el gregarismo dionisiaco -pleonasmo-. Bueno, me demoré en la adecuación de Grijota para no entrar en la ciudad a la hora en la que la gente sale del trabajo con una guindilla en el culo. Tumbado en la mesa veía el cielo azul entre las ramas cuajadas ya de brotes. La primavera viene adelantada este año, no cabe la menor duda. Apechugaremos con ello. 

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