domingo, 3 de febrero de 2019

¡Santo cielo!

Con lo fácil que sería todo esto si cada uno se dedicase a sus propios asuntos y dejase de meterse en aquello para lo que ni está preparado ni le concierne. Sí claro, me respondería el sagaz interlocutor, ¿pero quién es el guapo que tiene asuntos propios? Cuatro gatos, la verdad, y el resto a hurgar entre el amasijo de naderías en busca de unas migajas de trascendencia que le ayuden a levantarse cada mañana.

Sí, es inútil seguir fingiendo porque son muy pocos los que pintan algo y no por mucho tiempo. Este es el estado al que ha llegado el mundo y por eso se hace tan complicado para la inmensa mayoría el vivir sin recurrir a los modificadores de la conciencia. Por eso y no por otra cosa es que en España haya no sé si 260.000 bares como dice un estudio o 100.000 como dice otro, pero muchos desde luego hay y, sí, sirven para conversar como sostienen algunos, pero no nos engañemos, para conversar después de haber cambiado el estado de conciencia por medio de la ingestión de lo que sea, que prácticamente todo lo que en ellos hay sirve a tal propósito. 

Nos han educado, por lo menos aquí, en esto que llamamos occidente, para sustentarnos en la trascendencia. Es un mal asunto sin enmienda posible. No hay chusma que se precie que no sepa lo que hay que hacer siempre y cuando no se trate de la propia vida. Así es que vivimos en una sociedad de redentores. Uno, después de levantarse a duras penas, coge, agarra, y abre los digitales con la estúpida esperanza de encontrar alivio por unos momentos a la desazón de la nada. Peor el remedio que la enfermedad: esperabas filósofos y encuentras profetas. 

Sí, todo esto se sustenta, pero que nadie se engañe sobre a qué es debido. No es gracias a Caltech, Tecknion, el MIT y así. Ni tampoco a las superestructuras políticoadministrativas que aparentan no quitarnos un ojo de encima. Ni mucho menos a esos tinglados de lo espiritual que siempre acaban con un argentino al frente. No, la cruda realidad es que sin el trípode formado por el gremio de la hostelería, los carteles de la droga y la industria farmacéutica no habría dónde colocar la cámara para sacar la foto. Porque esa es la verdadera realidad, una foto de uno de esos diez sitios que no te puedes perder... ¡Santo cielo!

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