jueves, 7 de febrero de 2019

Los vestidos de la reina

No sé qué va a ser de nosotros el día que los catalanes se civilicen. Aunque al respecto soy optimista. Estoy firmemente convencido de que antes se congelara el infierno que no que pase eso. Imagínense que a la atroz epidemia de aburrimiento que padecemos se le añade unos catalanes que no dicen una palabra más alta que otra. Y no te digo ya si a eso le añades unos socialistas a los que les da por ponerse a estudiar. Entonces ya solo nos quedaría el recurso del suicidio. Desengáñense, estamos muy bien así, al menos hasta que la humanidad dé con unas pastillas sin efectos secundarios para combatir el tedio. 

Porque esa y no otra es la tragedia a la que cada día tiene que hacer frente la humanidad. Es el rollo prometeico de los efectos secundarios. Las terribles resacas que tenemos que padecer tras cada día de juerga. Así que, no se me amohínen y canten loas a la "nostra identitat" catalana y la estulticia socialista, porque gracias a ellas tenemos una especie de Bollywood a la puerta de casa que nos mantiene razonablemente entretenidos sin que por ello tengamos que pagar más allá de una ligera cefalea por sobresaturación de ciento en viento. 

El mundo, la vida, es eso, o sea, que no hay forma de escapar a la maldición que nos cayó encima el día que comimos del fruto prohibido. Nos dimos cuenta entonces de que estudiando podíamos ser como los dioses. Y a ello nos pusimos. Y casi lo conseguimos. Aquí estamos en esta especie de paraíso artificial que hemos creado en el que alargando la mano no sólo conseguimos manzanas sino también peras y kiwis. Y si te ves apurado, o apurada, tiras de cepillo de dientes eléctrico para gestionar tus orgasmos. Sí, se diría que hemos construído un Olimpo gigante. Todos dioses. Pero, ¡ay!, dioses con ansiedad. O angustia. O como quieran llamar a esa cosa que consiste en tener una exacerbada conciencia de si mismo en un tiempo estancado. Todo, entonces, te remite a la condición humana, es decir, al ser finito. La peor de todas las torturas. 

En fin, catalanes, socialistas, o los controvertidos vestidos de la reina Leticia, ¡todo sirve para el convento de la distracción! Así que, qué no nos lo quiten, por favor. Hasta que inventen esas pastillas al menos. 

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