Entré en la Concordia de Monzón y sonaba "Aquellos ojos verdes de mirada serena". Era Machín. ¡Oh, los guateques de mi juventud!, le dije a la camarera. Sonrió. Después, mientras comía, me seguí empapando de Machín. Angelitos negros y todo eso. La España de Franco, tan de moda. Al otro lado del biombo, en la barra, un grupo de cincuentones aguzaba el ingenio en disputada competencia por agradar a las camareras. Ya saben, el modelo farwest. Ese bar atendido por tíos sería un puro muermo. En fin, venga una ministra socialista a explicárnoslo.
El caso es ese, que los humanos, por lo que sea, tendemos a la nostalgia. Edulcoramos el recuerdo olvidando con pasmosa facilidad lo que en su día nos amargó. Y es que además en aquellos años había una música increíble. En Liérganes, subías de excursión a Los Picos y mientras zampabas el bocadillo escuchabas como todo el valle resonaba con las cúmbeas que salían por los altavoces del Hotel Cantábrico. Y si no eran cúmbeas eran los boleros de Javier Solis o las rancheras de Negrete.
Pues sí, he leído por ahí que vuelven aquellos tiempos. Por lo visto, en esos aquelarres que monta la industria discográfica, este año se lo ha llevado todo de calle la música latina. Y es que no es para menos si tenemos en cuenta que si para algo es la música popular es para poner a punto a los amantes, cosa que dudo pueda conseguir la música anglosajona con sus ritmos de telar o, en su defecto, de obras en el piso de al lado.
Resumiendo: ni fueron malos aquellos tiempos ni lo son estos para el que sabe apreciar la buena música, que es tanto como decir el saber estar a la tuyo y dejar que los demás se cuezan en sus mandangas.
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