Estas mañanas invernales y anticiclónicas de Castilla son una pasada. La luz es ébloiussante y el aire es tan fino que uno no entiende cómo se pueden sostener los pájaros en él. Te pones en lo alto de un alcor y tienes la sensación de que puedes tocar las nieves del Curavacas, cien kilómetros más allá. Eso sí, hasta que el sol llega a su pobre cenit el grajo vuela bajo porque los insectos buscan el escaso calor que brota de la tierra. Así que más vale, en definitiva, salir bien abrigado.
Por la Calle Mayor a esas horas la actividad es frenética. Todo es logística. Hay que reponer en el comercio todo lo que se consumió el día anterior. Es como un tejer y destejer penelopiano a la espera de que llegue el santo advenimiento. Más vale no pensar en ello porque entontonce la vida pierde su sentido. Bueno, yo me he llegado hasta allí porque quería comprar nueces en el colmado salmantino que hay al poco de pasar los Cuatros Cantones. Son nueces de Villagarcía de Campos, ya saben, el pueblo de Jeromín y, también, del autor de Fray Gerundio de Campazas que, por cierto, y no sé por qué, todavía no he leído.
Y como yo, mucha gente mayor despilfarrando las renovadas energías de las primeras horas. Pillo conversaciones al vuelo de los que se demoran en las esquinas. Están todos contra Sánchez. Ya ven de que poco sirve ser tan guapo. Una que sin duda había sido hippy en aquellos maravillosos años -el look de la adolescencia nunca se abandona- entretenía la espera en el semáforo de Modesto Lafuente relatando su paso por la Plaza Colón de Madrid la mañana del pasado domingo. Quería convencer a los que la escuchaban que aquello había sido el desideratum. Bueno, pensé, hasta los hippys se han hecho de derechas; esto ya no hay quien lo pare.
Y entre pitos y flautas el sol ya alcanzó su cenit. No es que sea gran cosa, pero huele a primavera.
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