Ahora le toca a las redes sociales. Según algunas de las más conspicuas plumas no hay mal del presente que de ahí no venga. Tiene gracia. La conspiranoia es la pata coja que lo mismo apuntala un roto que un descosido. Se suicida una niña en el Reino Unido y suenan todas las alarmas al respecto. Gana Trump las elecciones, lo mismo. El mal ya está identificado; ahora solo resta poner el cascabel al gato.
¿El cascabel? Bueno, plumas más conspicuas todavía que las conspiranoicas insisten estos días en que la solución es cobrar por la información. O sea, como si no estuviésemos ya pagando un huevo y la yema del otro por el magro entretenimiento que nos proporcionan los digitales. Me parece a mí que, como se dice ahora, pues va a ser que no. El gato va a seguir por ahí sigiloso y los ratones que se jodan.
Las redes sociales son cháchara. O sea, el pasatiempo predilecto de la humanidad desde que existe como tal. No tengo ni idea por qué será, pero el caso es que decir la tuya sobre lo que sea te sosiega. Es impepinable. Algunos, pero sobre todo algunas, no callan ni cuando están debajo del agua. Otros, en vez de hablar escriben para dar rienda suelta a sus fantasmas. Cojan, agarren y echen un vistazo a todos esos comentarios que hace el personal a propósito de cualquier noticia o artículo de opinión. No es que no haya a veces alguna sensatez, pero por lo general es todo abracadabrante. Los locos que antes se guardaban en los manicomios ahora se sujetan dejándoles explayarse en esos foros que sólo leen los otros locos y algún estudioso del devenir del mundo. Así que, ¿dónde está el problema?
Se lo diré: una vez más en Prometeo. Los dioses no nos perdonan que hayamos conseguido tener tanto tiempo libre como ellos. Y quieren que paguemos por nuestra osadía. Por eso no nos permiten que subamos el último escalón para llegar al Olimpo. No quieren que aprendamos a usar el tiempo libre de la misma forma que lo hacen ellos, es decir, dejando pasar el tiempo sin angustiarse. Un imposible metafísico para los humanos, en definitiva. En fin, y qué le vamos a hacer. Pues eso, hablar hasta debajo del agua.
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