miércoles, 16 de septiembre de 2020

Billie y Finneas

Billie Eilish y su hermano Finneas son un producto de, entre otras cosas supongo, el homeschooling, o sea, la autoeducación que decimos por aquí. En un documental dedicado a los Jeremias Jonhson que viven por los EEUU nos muestran a uno de ellos dedicado a enseñar a su hijo de diez años a sobrevivir en medio de la nada salvaje. Por otra parte compruebo que surgen como hongos por el mundo asociaciones dedicadas a promover una educación para los hijos salvaguardada de la influencia del Estado. Bueno, me digo, al fin podemos vislumbrar en lontananza una revolución que merece el nombre de tal. 

Hay que tener en cuenta que, por un lado, todo ser humano nace con la pasión por saber y, por otro, todos los padres quieren para sus hijos lo mejor, no por nada sino porque en que a los hijos les vaya bien está la clave del poder conciliar el sueño. Y ahí está el meollo de la cuestión, que hemos llegado a un punto en el que la mayoría de la gente necesita pastillas para dormir. Claro, estadísticas sobre este tipo de cosas, bien que se encarga el Estado de que no circulen por ahí. Mejor que los padres pontifiquen en el bar sobre los minutos que Messi ha estado en posesión del balón a lo largo de la liga. 

Yo pienso en todas estas cosas y una vez más siento vergüenza de mí. La verdad es que no me explico como puedo soportar tanta como llevo sobre mis espaldas. Pero, bueno, ese es otro asunto: una historia de desestimiento y cobardía. Porque allá por los comienzos de los setenta del siglo pasado, con los amigos, todos estrenando paternidad, no hablábamos de otra cosa que de la mejor educación posible para nuestros hijos. Que sí Summerhill, que si Montesori, que si Freinet, ¡jo, macho, estábamos a la vuelta de la esquina de todo lo guay habido y por haber sobre el tema en cuestión! Incluso fantaseábamos con crear una escuela a la medida de nuestros deseos. Pero, elemental, pasó lo que siempre pasa cuando se habla mucho, que se va la fuerza por la boca. Y así fue que confiamos la educación de nuestros hijos al Estado o similares, consecuencia de lo cual es que ahora necesitemos pastillas para dormir. 

Y no digo yo que si se extendiese la educación en casa fuesemos a llenar el mundo de Billies y Fineas, pero lo que sí me atrevería a asegurar es que íbamos a tener unos padres mucho más cultivados y también felices. Porque no hay cosa que más ayude a comprender que el enseñar ni nada que haga más feliz que el comprender. Así es que delegando la educación de los hijos nos estamos perdiendo la que quizá sea la mayor fuente de progreso personal que nos ofrece la vida. 

En fin, en lo personal, ya nada tiene remedio. Pero alivia comprobar que hay gente en el mundo que se ha enterado de lo que vale un peine en lo que a la educación hace: confiársela al Estado es la claudicación total. El perfecto camino de servidumbre para que nos entendamos. 


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