viernes, 18 de septiembre de 2020

Hazer concepto

 "Hazer concepto. Y más de lo que importa más. No pensando se pierden todos los necios: nunca conciben en las cosas la metad; y como no perciben el daño, o la conveniencia, tampoco aplican la diligencia. Hazen algunos mucho caso de lo que importa poco, y poco de lo que mucho, ponderando siempre al rebés. Muchos, por faltos de sentido, no le pierden. Cosas ai que se devrían observar con todo el conato y conservar en la profundidad de la mente. Haze concepto el sabio de todo, aunque con distinción caba donde ai fondo y reparo; y piensa tal vez que ai más de lo que piensa, de suerte que llega la reflexión adonde no llegó la aprehensión." 

Si hay alguien que dé más que me lo demuestren. Ni siquiera, pienso, Las Cartas a Lucilio "caban" tan hondo en la humana condición. Cada versículo del Oráculo Manual exige al menos media hora de cavilaciones antes de poder sosegar el ánimo. 

¡Dios, hasta qué punto toda mi vida ha estado condicionada por el hacer mucho caso de lo que importaba muy poco, y poco de lo que mucho! Digamos que eso es exactamente el arte de la necedad. Y el caso es que el que tuvo, retuvo, y no por otra cosa es que uno siga dando tumbos sin ton ni son. Claro, elemental, de donde nada hay nada se puede sacar, ni se puede perder el sentido si no se tiene. 

Así es como Gracián nos machaca la autoestima a la vez que nos proporciona el consuelo del mal de muchos, porque el que esté libre de necedad que tire la primera piedra. No en vano era lector de Erasmo, el del Elogio de la Estulticia, que no deja títere con cabeza ni esperanza de redención... así que ¡buena gana!

Y aquí es donde entra en juego el paisano y coetáneo de Gracián, Miguel de Molinos. Sí, las cosas son como son, nos vino a decir, pero para eso esta la gracia divina. Todas las tonterías, o mamonadas, que hacemos las hacemos porque Dios así lo quiere. Así que, quietos paraos y a dejarse llevar por lo que fuere que nos viene en gana. Desde luego que hay pocos libros que ayuden tanto a reconciliarse con uno mismo como La Guía Espiritual de Molinos. Su teorización del quietismo, o molinosismo como le llaman algunos, que viene a ser una especie de budismo, es el mejor camino para desembarazar el alma de preocupaciones y así llegar al ansiado nirvana. Ya se pueden suponer cómo se tomaron tales ideas los que mandaban por aquel entonces. Porque aquello venía a ser justamente lo que preconiza hoy día la disolvente socialdemocracia que nos señorea: la satisfacción inmediata de los deseos como motor de la economía, ergo el bienestar social. 

En resumidas cuentas, que a Molinos, que era un bendito, lo trincaron y le inventaron una historia para poder condenarlo: 

"No observaba el ayuno ni viernes ni sábado ni día de vigilia ni de cuaresma, sino que siempre comía carne, y el pez era sólo para aguzarse el apetito, juntamente con la carne. Haber tenido durante dieciocho años continuos comercio con una mujer (ésta también del Santo Oficio, y que cada mañana la hacía comunicar). Que para conseguir la libido, se hacía servir en la mesa y desnudarse a más mujeres desnudas, y otra veces estaba presente para ver mujeres y hombres desnudos entrelazarse juntos y relacionarse. De haber sido más veces sodomizado (acto que él decía que no era pecado porque no estaba escrito en el Decálogo, lo mismo que decía del bestialismo)."

Sí hay que tener mucho tiento con lo que se anda diciendo por ahí, porque como no le guste a los que mandan rápidamente te tachan de negacionista y ordenan al tribunal mediático que establezca tu condena. 

En fin, el caso es que no sé cómo, pero me fui por los cerros de Úbeda. ¡Ah, por cierto, que bello eufemismo eso de "hacerla comunicar cada mañana"

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