Como Israel de la Biblia, España también podría ser un pueblo del libro: el Pueblo de El Quijote. Imagínense como sería esto de civilizado si el común de la gente fuese todas las semanas un rato a un recinto sacralizado a debatir sobre los diversos significados de cualquier pasaje de El Quijote. Porque El Quijote, no lo duden, es un libro sagrado. No encontrarán en toda la historia de la humanidad un intento tan logrado de explicar en qué consiste la libertad individual, lo único, en definitiva, que hace al hombre cumplido o, como dice Don Baltasar, hombre de entereza, siempre de parte de la razón, con tal tesón de su propósito, que ni la pasión vulgar ni la violencia tirana le obliguen jamas a pisar la raya de la razón.
Pues sí, me gustaría conocer cuál es la proporción de españoles que ha leído El Quijote. De otros monumentos del Siglo de Oro, ya, ni me lo pregunto, porque estoy seguro de que no llega al 0,0001 % de la población. ¡Qué pena, penita, pena! Tener tanta riqueza al alcance de la mano y despreciarla de tal modo. ¿Por qué tiene que ser así?
En fin, las cosas son como son y por eso, en eso que llaman imaginario popular, se sigue creyendo que los gigantes que veía don Quijote eran en realidad molinos de viento. Claro, eso es lo que pasa cuando ese imaginario en vez de construirse en los recintos sagrados surge como por ensalmo de las barras de los bares. Primera consecuencia de todo lo cual es que, en vez de crear starups como hacen los pueblos del libro, aquí todos queremos ser funcionarios para poder seguir viendo molinos de viento en lo que son gigantes.
Sí, convénzanse, todas nuestras desgracias como pueblo vienen del desprecio que mostramos a nuestra historia, o a nuestros profetas por decirlo en el sentido metafórico que emplean los pueblos del libro. Porque, no se engañen, El Quijote tiene algo como de revelación. Como de un mensaje que nos envían de lo más alto para instarnos a que seamos individuos libremente constituidos de una vez por todas. Que muramos, eso sí, matando si es preciso, antes que vivir sometidos a cualquier tiranía del tipo que sea. Es, para que nos entendamos, la puntilla que quiere poner fin a la moribunda mariconería que se inauguró con el desdichado Sermón de la Montaña. Pobre de espíritu, dice don Quijote, mejor que lo sea tu puta madre. Yo, añade, allí donde veo un gigante, allí que voy a por él. Y es que ¿qué otra posibilidad hay de llegar a ser persona?
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