Para mí que en este circo que han montando los gobiernos están empezando a crecer los enanos. Por supuesto que han conseguido imponer el terror entre la ciudadanía, les han convertido en policías de sus vecinos, nada nuevo, pero, como es inevitable, a esa acción de los gobiernos ya le ha empezado a surgir la consecuente reacción de ese mínimo porcentaje de población que no puede soportar que le pastoreen. Y ya saben como va esta cosa de las reacciones, que una vez comenzadas se desatan en cadena y cada día que pasa se multiplican por mil. O sea, que o mucho me equivoco o de aquí a un mes vamos a ver cosas la mar de interesantes.
Pero, bueno, al margen de lo que vaya o no a pasar, lo que me tiene realmente perplejo es comprobar hasta qué punto es mierdosa la gente. Vas por medio del campo, por supuesto sin mascarilla, ¡faltaría más!, y, allá a lo lejos, ves a un señor de esos que a buen seguro blasonó más de una vez en la barra del bar de su pueblo o barrio de tener unos cojones como el caballo de Espartero, le ves, digo, levantándose la mascarilla hasta casi taparse los ojos para que no le contamines con tus miasmas. ¿Pero cómo puede ser? Pues es. Así es la condición humana por lo general, un verdadero asco.
Así es que, si antaño ya apuntaba uno formas, en lo sucesivo ni te digo. Quitando media docena de quijotes que conozco, ni aún pidiéndome audiencia me van a ver el pelo. ¡Por dios bendito, pero de qué tienen miedo si ya llevan muertos...!
Por cierto, no me he puesto la mascarilla ni un segundo para andar por la calle y que conste que me han visto cientos de policías y han pasado de largo. Y tampoco nadie me ha dicho nadie. Seguramente tengo pinta de loco, como el homeless de mi barrio que tampoco la lleva y a nadie se le ocurre reprenderle.
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