sábado, 26 de septiembre de 2020

Hijos putativos

Cada vez se hace más evidente que de entre todos los artes posibles va a ser el de prudencia el más necesario en los tiempos por venir. Una vez más, el cristianismo radical disfrazado de las más variopintas sandeces se apresta a apilar leña en las plazas públicas. Los herejes ya hace tiempo que vienen siendo señalados. Solo están a la espera de un viento propicio para que una vez iniciado el fuego no haya bomberos que valgan para apagarlo. Es evidente que son unos  somiatruitas que nunca llegarán a nada, pero por el camino habrán dado bien dado por el saco a la humanidad. Así llevan dos mil años sin que todos sus crímenes hayan servido lo más mínimo para secar las fuentes de las que bebe la inteligencia del mundo... pongamos que Esquilo, Sófocles y Eurípides. Ahí siguen tan pichis, cada día que pasa más luminosos. 

El cristianismo radical, como todos los radicalismos, tiene en sus idénticos a su principal enemigo. Es su ingenioso procedimiento para despistar al personal. ¡Veamos, mis queridos niños! ¿Quién es la bestia negra del cristianismo radical disfrazado de socialdemocracia, aquí en España? ¡Pues Franco, por supuesto! ¿O acaso no fue Franco el que sentó los firmes cimientos de la socialdemocracia en España? Antes de que Franco cayese en la cuenta del chollo, el Estado era irrisorio. Ni seguridad social, ni instituto nacional de industria, ni educación obligatoria gratuita, ni servicio de salud, ni nada de nada: España era el paraíso del liberalismo. Acababas tu aprendizaje y ponías tu negocio y casi no pagabas impuestos. Y el país progresaba, por supuesto, pero con demasiada libertad para el gusto de cualquier gobernante. Todavía recuerdo cómo se hundió en la miseria mi padre cuando a mitad de los cincuenta se instauró la seguridad social: de tener media docena de pacientes por día en la consulta, en un tris-trás pasaron a ser sesenta. Por las mismas, de ser respetado por todos pasó a ser vilipendiado por muchos. La gente del pueblo empezó a atiborrarse de medicamentos con la consiguiente perdida del norte. No pasó mucho tiempo antes de que hubiese más gente fumando y bebiendo en los bares que trabajando en los talleres. ¡El chollo de las bajas! En definitiva, había llegado el sermón de la montaña con merienda gratis para todos. 

Por eso estos descerebrados, de la izquierda a la derecha y de la derecha a la izquierda, fingen odiar a Franco, para ocultar al personal que todos ellos son sus hijos putativos que, por cierto, no le llegan a su papá a la suela de los zapatos. Y ahora, como por circunstancias relativas a la evolución del mundo la teta nacional no da para tanta merienda gratis, pues van los predicadores y se enzarzan entre ellos por ver quien mata mejor al padre. Me han dicho que algunos proponen incluso derribar la cruz del Valle de los Caídos. ¡Fantástic!, como decía Richard Burton en La Noche de la Iguana cada vez que escuchaba una gilipollez.   

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