Afortunadamente uno tiene con qué entretenerse en casa. Santi me envió el otro día "La música de los números primos" de Marcus Du Sautov. Por otra parte, Baltasar Gracián me tiene sorbido el seso con su "Oráculo manual y arte de prudencia". Y eso por no hablar de un manual de jazz que tenía por ahí arrumbado y he vuelto a retomar. También, tengo que confesar que de vez en cuando, para descomprimir, me pongo a ver vídeos de Alfredo Díaz y me parto el culo de risa. Y así, entre unas cosas y otras se va pasando la vida sin poner el pie en la calle más allá de los veinte metros que tengo que salvar para entrar en Ceraduey, ya saben, el supermercado de Agropal, la cooperativa palentina por antonomasia... afortunadamente el Estado todavía no ha metido la mano en la producción y distribución de alimentos, pero preocúpense porque todo se andará y los jóvenes, y no tan jóvenes, sabrán lo que son las cartillas de racionamiento.
Sí, he decidido no salir a la calle si no es estrictamente necesario. Porque no me da la gana pisar la raya de la razón. Y no se crean que es la policía oficial la que me preocupa. Me han visto mil veces pasear sin mascarilla y no me han dicho nada. Pero, a medida que se han ido acumulando los días de locura y humillación se ha producido la inevitable paranoia colectiva que convierte a todos los ciudadanos en policías al servicio de la causa. Estos últimos días han sido numerosas las veces que la gente del común me ha interpelado de malos modos por no llevar bozal. Lo típico, en definitiva, de todas las dictaduras. Sobre todo de las comunistas, como la que nos estamos trayendo entre manos. Sí, sí, no me tomen por loco, digo comunista y digo bien, porque no otra cosa quiere esta gente que manda que negar al ser como individuo y ensalzar la masa. Para ellos es la masa la que se tiene que salvar a costa de primero humillar y luego suprimir al individuo. Los confinamientos, las mascarillas y todo eso no es más que el comienzo de un proceso que si no nos sublevamos ya saben en qué va a terminar... ¿o es que no han visto en qué se han convertido los cubanos? Todos mendigos haciendo cola por un mendrugo de pan. ¡Jo!, recuerdo a aquellos cubanos que venían a Liérganes los veranos de los cincuenta... eran todos reyes del mambo. Nos sacaban veinte pueblos de ventaja.
En fin, son los malos tragos de los que ninguna vida cumplida se salva. Afortunadamente hay mucha gente con muy buenas cabezas en la lucha contra el mal absoluto que representan estos gobernantes que tenemos por habernos dormido en los laureles. Hay que despertar y sacar las metralletas de la imaginación para restaurar la cordura. Estoy seguro de que lo conseguiremos. Los dioses están de nuestra parte. No les quepa la menor duda.
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