domingo, 27 de septiembre de 2020

Franz de Copenhague

Qué duda cabe que la música tiene tirón. Algunas estrellas, como Billie Eilish, tienen millones de visitas en los vídeos que cuelgan en YouTube. Pero, ¡eso!, se trata de estrellas, una exigua minoría mitificada, ya sea por sus méritos, ya sea por la machacona insistencia publicitaria de las compañías del sector. Cualquier música se puede hacer pegadiza si la escuchas muchas veces... y una vez pegada a las neuronas ya no quieres otra cosa. Como la heroína. Así que nada de qué extrañarse por esos millones de visitas. 

Pero hay otra heroína en YouTube para la que no es tan fácil encontrar el pegamento adictivo. Se trata de la tecnología. Bien es verdad que desde que uno de los primeros homínidos sobre la tierra descubrió que usar una piedra en vez del puño para dar al vecino en la cabeza era mucho más efectivo, desde ese mismo momento, todos llevamos un Franz de Copenhague dentro de nosotros. No podemos parar ni un minuto de maquinar para resolver nuestros problemas, o satisfacer nuestros deseos, con el menor esfuerzo posible. Siempre, por así decirlo, estamos descubriendo el fuego que nos cuece los alimentos pero que, también, funde los metales para que podamos fabricar armas con las que mejor matarnos los unos a los otros. Resumiendo: lo que la tecnología tiene de liberación por un lado lo tiene de pesadilla por el otro. Todo lo que inventamos nos encadena a una roca en el Caucaso a la espera de que venga el águila a roernos el hígado. Y así por una buena temporada, hasta que Atenea se apiada de nosotros y transforma la roca en un diamante que luego exhibimos orgullosos en uno de nuestros dedos: somos muy olvidadizos y por eso es que exhibamos con orgullo lo que solo debiera ser aviso de prevención. 

Sea como sea, que vete tú a saber, los hechos son lo que cuentan. Y los hechos son que los vídeos dedicados a la tecnología alcanzan sin mucho esfuerzo los millones de visitas. Me desayuno hoy con uno que en un año ha alcanzado la nada despreciable cifra de visitas de 6,8 millones. Se trata de la fabricación de esos coches que todo el mundo desea tener: los BMW. No se ve un solo ser humano en todo el proceso. Se trata de máquinas que fabrican máquinas. Y, entonces me surge la misma pregunta que se hicieron aquellos escolásticos que andaban indagando la verosimilitud de la existencia de Dios: ¿quién hizo la máquina que hace máquinas? ¿y quién la máquina que hace las máquinas que hacen máquinas? Y así hasta el infinito, es decir, la idea del primer motor: Dios, para que nos entendamos.  

En fin, lo que es evidente de toda evidencia es que la especie humana acaba de robar fuego a los dioses, esos robots, y está en la fase del roimiento de los hígados junto a la roca del Caucaso. Nadie sabe que hacer con los millones de personas a las que esos robots han desposeído de su más preciado bien: una ocupación que les tenía entretenidos, es decir, alejados de la idea de muerte. Claro que hay que reconocer que esos robots los tiene que hacer alguien. O a los robots que hacen robots. Alguien que siempre serán las minorías que alcanzaron la excelencia en lo del valor añadido. Y así es como se configura el mundo actual, minorías que diseñan robots e inmensas mayorías que se tatúan, fuman porros y acarician al perro mientras beben birras en una terraza amenizada por la música del tráfico. 

Y así estaremos hasta que venga Atenea a liberarnos... inventándonos covids y milongas por el estilo para distraer la angustia de la nada a la que nos ha arrojado el tanto hacer de Franz de Copenhague. Ya saben, un clavo saca otro clavo y, una angustia, otra angustia.  

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