Como era inevitable, la acción, en este caso represora, ya ha desatado la reacción liberadora. Como les dije, ayer detuvieron al Dr. Heiko Schöning en Londres. Sin duda va a ser el típico tiro que sale por la culata. Porque Schöning es un tipo que cae bien. Es comedido, es elegante, riguroso en sus postulados... mucha gente se va a tomar a mal esta afrenta y va a despertar un poco más. De hecho, hoy me desayuno con un video en el que se presenta la asociación de Educadores por la Verdad. Se formó hace un mes y ya tiene 1600 miembros. Su portavoz es una señora con envidiables dotes para la comunicación. Ha hecho un discurso que me ha parecido impecable. Una llamada al uso de la razón contra la superchería que es todo esto de la pandemia. Una manipulación del poder en curso con fines que cada vez se parecen más a los de todos los episodios más negros de la historia: los del poder absoluto.
¿Acaso, ha argumentado la portavoz de los enseñantes, el año pasado por estas fechas no se moría la gente?¿Acaso ahora no hay obesidades mórbidas, diabetes, cánceres y demás enfermedades con marcado potencial destructivo? Sí, las razones para enfrentarse a esta sinrazón oficial son múltiples. Y por eso es que cada vez más gente se organiza y responde. Porque no nos engañemos, hay momentos en la historia en los que no tomar posición estigmatiza a la persona como despreciable. Piensen en como todavía queda vivo en el imaginario colectivo un cierto sentimiento de desprecio hacia los alemanes por haber permitido sus antepasados lo del holocausto. Como dicen los judíos, y pienso que no se equivocan, el oprobio por el pecado de los padres se extiende hasta siete generaciones más allá. Así que, ¡ojo al parche.!
En fin, no descarto estar una vez más equivocado, o paranoico perdido, pero lo que en mi queda de persona me obliga a denunciar y, sobre todo, actuar: no me da la gana de ponerme la mascarilla para andar por la calle. Sé, porque lo sufro, que la mayoría me reprueba, pero también sé, porque lo intuyo, que una minoría me admira y siente ganas de imitarme. Son pequeños gestos de resistencia que al multiplicarse colocan una muralla infrancreable frente al mal. Así que, usted mismo... entre el clavel y la rosa, su majestad es coja.
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