Como la inmensa mayoría de los mortales, supongo, me he pasado la vida intentando dar el pego. Porque no otra es la artimaña de la que nos servimos los que ni estamos dotados para nada en especial ni mucho menos estamos dispuestos a suplir esa carencia dando el callo de lo lindo. Y así, mi ánimo oscila entre la euforia y la depresión según piense que me he dado arte o no para representar mi ficción. Porque la realidad, no me engaño, ha sido tan anodina, cuando no despreciable, que en lógica shopenhaueriana no tengo ninguna razón para insistir en mi permanencia. Así todo, hay días o momentos en los que uno mira alrededor y ve cosas que le hacen pensar que, por comparación, uno pudiera estar unos cuantos años luz por encima de ciertos congéneres, lo cual, la verdad, ayuda a relativizar la propia baja autoestima. Es lo que me pasa cuando veo imágenes de esa fiesta que llaman tomatina.
Ya les he dicho demasiadas veces que por más que indago no encuentro respuestas racionales a qué puede llevar a las personas a hacer un montón de cosas, desde el yihadismo a recoger caquitas de perro por las calles, pero eso no es nada comparado con cuando me pregunto por los motivos que puedan tener tantos, y de tan lejanos lugares a veces, para asistir a la tomatina. Por más que lo intento no encuentro mamarachada mayor, y mira que las vemos grandes.
Claro, se podría pensar que como lo veo desde mi perspectiva provecta es fácil que así lo considere, pero no, estoy convencido de que ni en mis peores años adolescentes hubiese cedido a semejante curiosidad. Y no es que yo sea como Penteo que pretendía tener a Dionisos bajo candado, pero pienso, creo que con razón, que en la forma de tributarle, precisamente a este dios, la honra que se le debe es donde mejor se aprecia el grado de civilización y la clase de las personas. Y reconozco que alguna vez la insana curiosidad me ha llevado a subir al Citerón a ver en qué consistía eso de las bacantes. Incluso, no lo oculto, alguna vez me atreví a sumarme a sus danzas desquiciadas y, lo confieso, todavía hoy es el día en el no he podido curarme de sentir vergüenza de mí cada vez que lo recuerdo.
En fin, ahora que tanto se habla del calentamiento global y demás previsiones apocalípticas sostenidas por las ciencias probabilisticas, no sé yo si para empezar a ahuyentar a tanto fantasma como nos acecha no sería bueno reconsiderar el culto que le estamos dando a Dionisos, a todas luces desaforado a mi juicio. ¡Con la de metano que eso produce!