Te dabas ayer un paseo por las generalistas de fuste y siempre te encontrabas con lo mismo: Corea del Norte. Su mórbido gobernante les ha solucionado el verano al haber lanzado la amenaza más estrafalaria que haber puede: ha prometido que como le toquen un poco más los cataplines lanza cuatro pepinazos, acaso atómicos -eso no lo especifica-, sobre la isla de Guan, un enclave geoestratégico, que le dicen, de vital importancia para la superpotencia que dirige el otro mórbido de la comedia global, un tal Donald Trump. Pues bien, Donald tampoco ha querido defraudar y de inmediato ha puesto caritas para dar más realce a su promesa de responder con fuego y furia.
Kim and Donald, la nueva pareja de cómicos de moda. Aunque en este caso los dos están gordos, lo cual va a exigir a los guionistas un sobreesfuerzo de imaginación para contraponer los caracteres. Y en eso se entretiene el mundo mientras la nave va a toda mecha hacia Dios sabe donde.
Bueno, les voy a ser sincero, lo sabe Dios y yo lo intuyo, que para eso me dotó la benevolente naturaleza con esta rabiosa fobia social que al obligarme a mantener una distancia apolínea permanente me ofrece como contrapartida la claridad de la visión. Porque de sobra es sabido que la gente psíquicamente equilibrada nunca aportó a la humanidad gran cosa. Peones disciplinados que acuden en masa a cumplir con lo establecido que no es otra cosa que engordar el PIB inflando burbujas. Las mascotas, el golf, los tatuajes, la playa, el viaje, el deporte, la casita en Canadá... los hay que se conforman con soplar en una, pero a medida que va aumentando su normalidad van sumando y en los estados de perfección soplan en todas y más que hubiese.
Hacia eso va el mundo, hacia los parques temáticos de sopladores. Pasen señores y soplen. Y siéntanse diferentes. O iguales entre iguales que uno ya no sabe qué preferir. Al final en eso consiste todo, en soma para los normales. Los épsilons que se decía antes. Y Quim y Donald, que nadie les engañe, es la última producción sensurround del Gran Corruptor. Como todas las suyas, demasiada grasa para tan poca carne en el asador. Se lo digo yo que lo veo todo claro desde mi atalaya en el frenopático.
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