Ayer paseaba con hija y nietos por un enclave casi paradisíaco de Cantabria, de soltera Santander y de niña La Montaña, y digo casi porque los ladridos rabiosos de los perros nos perseguían persistentes. Así que era inevitable comentar el desagrado. Me contó mi hija una anécdota de las que dan para pensar si no estaremos en aquello de Séneca cuando escribía: todas las ciudades que en cualquier país han obtenido el imperio, como las que han sido ornamento de imperios extranjeros, vendrá un día en que será preguntado dónde estaban, pues todas habrán sido borradas por diferentes suertes de catastrofes: unas por la guerra, otras por la desidia y la paz indicadas a la pereza, otras por el azote de las grandes prosperidades que es el lujo.
Pues el caso es que mi hija es profesora en un colegio privado de secundaria en un barrio acomodado de Londres. Me cuenta que no es que la paguen más que en otros, pero que el ambiente es agradable y el trato por parte de la dirección muy bueno. Tienen una sala de profesores en donde nunca falta de nada y en la que siempre hay reuniones de interés. A veces mi hija se quedaría, pero se excusa porque tiene que ir a recoger a los niños. Entonces los otros, u otras profesoras se quejan porque ellos, o ellas, han elegido tener perros en vez de hijos y no tienen excusa para irse. A eso hemos llegado, me decía mi hija, a equiparar a los perros con los niños. Esa chusma que no alcanza a comprender que si tuviesen hambre y ningún otro alimento a mano se comerían el perro sin la menor atribulación de la conciencia. Cosa muy diversa por cierto de lo que pasaría con los hijos que uno se dejaría morir con tal de que ellos vivieran. Por no hablar claro está del asunto de las futuras pensiones que mucho me temo que como sean muchas las señoritas y señoritos que blasonen de preferir los perros a los niños se van a ir al carajo de una vez por todas. A no ser, claro está, que se obligue a los perros a cotizar a la seguridad social, cosa, por otro lado, no tan descabellada como podría parecer a primera vista.
Se preguntan muchos estos días qué será lo que puede llevar a esos muchachos que tienen de todo a hacerse yihadistas. Se preguntan otros por qué tanto odio reconcentrado en nacionalistas, podemistas y demás ideologías que es que no hay una por mucho que se la busque que no tenga su toque nihilista. Es un misterio desde luego sobre el que se puede especular sin fin y siempre, al poder ser, desde una perspectiva freudiana ya que, por lo general, no hay diferencias sociales que justifiquen las lucubraciones marxistas a no ser, claro está, que en vez de a Carlos nos estemos refiriendo a Groucho. Y, en fin, yo me pregunto qué es lo que puede llevar a una gente que vive en una hermosa casa en un no menos hermoso lugar, que por cierto se llama Hermosa, a tener todo el santo día en el jardín a dos perrazos ladrando como posesos. Que alguien me lo explique por favor.
Supongo que todo esto se podría resumir en aquella canción que rezaba así: No hay quien pueda,/ no hay quien pueda,/ con la chusma marinera. Mientras la inmensa mayoría siga remando encadenada al banco de la fe no habrá nada que hacer porque su único consuelo consistirá en joder todo lo que puedan al vecino infiel.
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