viernes, 11 de agosto de 2017

Bourbier

Si hay una delgada linea en la vida esa es la que separa la ayuda de la esclavitud. En realidad nos pasamos la vida cruzándola en ambos sentidos sin mayores problemas porque la mayoría de las cosas en las que queremos creer a los cuatro días ya nos han defraudado y las abandonamos con el alivio propio de quien recupera la parcela de libertad perdida. Pero no conviene confiarse porque aunque no lo parezca esa línea es un campo minado que suele dar los correspondientes disgustos. De hecho, raro es el cruce de ida y vuelta del que no se salga con cicatrices que a la postre no son otra cosa que los pilares de la educación por escarmiento, la más profunda por lo que tiene de animalesca: si una trucha picó en una mosca artificial y consiguió desengancharse no se hagan ilusiones porque si sobrevive al trance nunca más volverá a tomar la artificial por una natural. 

Pero todo eso, digamos, son pequeños incidentes que incluso pueden ser considerados como la salsa de la vida. El problema es cuando el lugar por el que se cruza da directamente a un bourbier. Y, comment se tirer de ce bourbier? Ese terreno embarrado y pegajoso en el que cuando más luchas por salir más te hundes. La imagen ha sido utilizada hasta la saciedad en cine para dar un final merecido al malo que cruzó por allí para escapar a la justicia. Aunque no siempre es así ni mucho menos. Las más de las veces se cruza por ignorancia o, bien, por temeridad, que es como se suele llamar a las pulsiones suicidas que en mayor o menor grado todos llevamos dentro. 

Se me han ocurrido semejantes lucubraciones al leer algo que ya les comenté en cierta ocasión. Y es que en los EEUU de América demasiada gente trata de cruzar esa línea invisible para huir de los dolores por el peor sitio que se les puede ocurrir que no es otro que la consulta de su médico de cabecera. Van allí y les recetan la pócima milagrosa, una sustancia que, ¡vaya por Dios!, es más vieja que la nana y ha sido desechada millones de veces por saber que a sus inigualables efectos analgésicos se le añaden sus imparables efectos adictivos. Lo otro por lo uno, supongo. Y chino-chano, hoy por una jaqueca, mañana por una lumbalgia y pasado por lo que sea porque el caso es que te duela algo para que esté justificado ingerir la pócima milagrosa. Y no pasa nada, oye, si tienes con qué pagarlo. Porque el problema es que los laboratorios farmacéuticos están obligados a pagar más a sus accionistas que los carteles de la droga a sus camellos. Así, al final, sale más a cuenta pasarse directamente a la heroína y, entonces, ya entras de cabeza en el bourbier.  

En resumidas cuentas, el inefable Caudillo Victorioso, que eso quiere decir Donald Trump, ha declarado el estado de emergencia nacional sanitaria porque dos millones de americanos están atrapados en el bourbier de la heroína y 60.000 de entre ellos mueren cada año por sobredosis. ¡Se imaginan! Casi una ciudad como Palencia. "Vamos a emplear mucho tiempo, esfuerzo y mucho dinero en esta crisis", ha dicho Donald, eso sí, no si antes haber puesto esas caritas como de querer resultar convincente y que al final resultan cómicas porque es que cuando se está jugando al golf hay que estar a lo que se está. 

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